Hijos de la niebla-.

BEN.

Poeta que considera el portal su segunda casa
Palabra que me hieres los labios,

las encías protuberantes, me muerdes,

los inactivos

dioses bucales, las brisas escanciadas

por divinidades confesables; he de encaminarte,

oh, ley taciturna, hacia paisajes memorables!

Y en liturgias incontestables, y en melifluas

composiciones, perfilas un náufrago anhelo.

Derribo los materiales inconsecuentes,

los percibo dañados, sinuosos, obsoletos.

Y miro las bocanadas de un pez monstruoso y muerto,

en la distancia de los ejes territoriales:

observo sus puntos cardinales.

No es una grafía elemental, una competición

de signos atormentados, esta luz poderosa

de los vástagos sin ingenio y en penumbra constante.

No es la lateral concentración de un genio, que persiste,

ni la aproximación de un dédalo a su cubículo condensado.

El tiempo ya me ha destruido y vienes tú con tu auxilio

profanando el vientre, construyendo barricadas

y adormeciendo navíos ocupados.

Qué dirán los ejes de la tierra,

las matemáticas del existir,

los poderosos y rubios hijos de la verdad,

los amartelados herederos de una corriente

venenosa; mas, qué dirán

los dientes, esas hermosuras con capas fosforescentes,

las yemas digitales, los hombres en sus horrorosas

expresiones faciales. Qué dirán, sí,

los hijos de la tierra en luz!

Yo, mientras, duermo mi abdomen,

consumo la energía dorada del sueño,

y recito mis vacilaciones proféticas-.



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