orees19
Poeta que considera el portal su segunda casa
Justo hace 525 años, unos tales fernando e isabel culminaban una campaña que ya llevaba unos cuantos siglos de duración para arrebatabar del control del burkini a la península ibérica, ese extraño lugar al otro lado del océano atlántico. «Exquisita», declara que fue la campaña el actual señor arzobispo de granada, último enclave en cuestión, y no dudo que fuese como un martini en la mano de marilyn, que por supuesto no estaba a favor de la prenda de moda en las playas posmodernas. En medio de la algarabía del asedio final, caballitos sonrientes desfilando, artillería rudimentaria, judíos varios (?!), capitanes generales en sus brillantes armaduras de capitán general; pululando alrededor del real de la realeza había alguno que andaba ya tocando los huevos más de lo usual tal mosca cojonera: un marinero de poca monta con domicilio en madeira, que aseguraba ser genovés aunque no hablara una puta mierda de italiano -y sin embargo saberlo todo de queimadas y grelos-… chulo como sólo él, igual que otro pendejo que saldría de madeira medio milenio después, se inflaba como si fuera pavo real exponiendo su faraónico proyecto, para descojonamiento real de sus cachondas altezas. Su nombre, como será fácil imaginar si se ha visto alguna vez la tele, era cristobal colón.
Fenómeno mediático de su siglo, primer participante del primer gran hermano, colón no cesó su real acoso hasta que michelle jenner, hasta los mismísimos ovarios de su jodedera - su paciencia real para no mandar a los gilipollas al cadalso al parecer era infinita- aceptó de mala gana financiarle el puto viaje al marinero gallego-genovés-cristianoronaldense. «Llegaré al reino del gran khan». «A cipango». «A las islas de las especias».«Al planeta de gokú y vegeta», repetía inflado nuevamente como un sapo, en su delirio, aquel pertinaz amigo. Donde sí que llegó fue a una tal huelva con capitulaciones y reales cédulas y poderes y anillos nibelungos: sin embargo no convenció ni a jesucristo para que se uniera a su expedición, hasta que reclutó para su causa -promesas románticas de abundantes riquezas mediante- a los hermanos Pinzón, connotados héroes locales.
Así embarcó a la mar un agosto del ‘92, como aquel verano en que los chicos se enamoran de las vecinas tetonas que tienen a sus maridos en la guerra, cuando las nuevas temporadas de las series aún no habían empezado ni pensaban empezar aún.
Es evidente para cualquiera que lea esto que el hombre ni llegó a cipango ni a la tierra del gran khan ni al culo de marco polo, qué duda cabe. Pero llegó a un lugar bastante más maravilloso durante aquel acalorado, y por veces, amotinado viaje: el caribe, que tras dos meses de faena se le apareció con sus islitas e islotas por aquí y por allá y pajaritos y palmeritas y cubas libres y fideles, que ya por aquel entonces hacían de las suyas en sus regímenes autóctonos.
Y ese fue el inicio de un romance que da para unas veinte temporadas más de juego de tronos, con reyes y reinas, esclavos, saqueadores y saqueados, ejércitos, guerra, muerte, traición e ignominias históricas, así como grandes gestas que aún hoy aparecen en algún billete de este continente que aquel dibujante de mapas, gallego genovés de poca monta, siguió insistiendo que se trataba del de mao zedong hasta el día de su muerte.
Fenómeno mediático de su siglo, primer participante del primer gran hermano, colón no cesó su real acoso hasta que michelle jenner, hasta los mismísimos ovarios de su jodedera - su paciencia real para no mandar a los gilipollas al cadalso al parecer era infinita- aceptó de mala gana financiarle el puto viaje al marinero gallego-genovés-cristianoronaldense. «Llegaré al reino del gran khan». «A cipango». «A las islas de las especias».«Al planeta de gokú y vegeta», repetía inflado nuevamente como un sapo, en su delirio, aquel pertinaz amigo. Donde sí que llegó fue a una tal huelva con capitulaciones y reales cédulas y poderes y anillos nibelungos: sin embargo no convenció ni a jesucristo para que se uniera a su expedición, hasta que reclutó para su causa -promesas románticas de abundantes riquezas mediante- a los hermanos Pinzón, connotados héroes locales.
Así embarcó a la mar un agosto del ‘92, como aquel verano en que los chicos se enamoran de las vecinas tetonas que tienen a sus maridos en la guerra, cuando las nuevas temporadas de las series aún no habían empezado ni pensaban empezar aún.
Es evidente para cualquiera que lea esto que el hombre ni llegó a cipango ni a la tierra del gran khan ni al culo de marco polo, qué duda cabe. Pero llegó a un lugar bastante más maravilloso durante aquel acalorado, y por veces, amotinado viaje: el caribe, que tras dos meses de faena se le apareció con sus islitas e islotas por aquí y por allá y pajaritos y palmeritas y cubas libres y fideles, que ya por aquel entonces hacían de las suyas en sus regímenes autóctonos.
Y ese fue el inicio de un romance que da para unas veinte temporadas más de juego de tronos, con reyes y reinas, esclavos, saqueadores y saqueados, ejércitos, guerra, muerte, traición e ignominias históricas, así como grandes gestas que aún hoy aparecen en algún billete de este continente que aquel dibujante de mapas, gallego genovés de poca monta, siguió insistiendo que se trataba del de mao zedong hasta el día de su muerte.