calvared
Poeta veterano y reconocido en el portal.
I
Esta es la historia de Pedro,
el hijo de los Moncuerno,
casado con Mariquita,
la hija de los Putero.
Pedro labraba los campos
desde Febrero hasta Enero.
Nunca tenía descanso
sino en las noches de invierno,
donde contaban relatos
a los calores del fuego.
Un día sonó la aldaba
en casa de los Moncuerno.
Al abrir Pedro la puerta,
la hija de los Putero
le preguntó por su padre
al hijo de los Moncuerno.
-Está acostado en su lecho,
no creo que esté despierto
-Pues yo necesito hablarle,
avísale en un momento
Se quedó Pedro pasmado
ante aquel rostro tan bello
pues tal vez nunca soñara
que pudiera haber dos senos,
ni aquel culo prominente
de mirar tan placentero.
-¡Qué piernas! (Pedro pensaba)
-¡Qué caderas, qué cabellos!
Mariqui se daba cuenta
de cómo observaba Pedro
y esbozando una sonrisa
dejó cautivo a Moncuerno,
que notaba intensamente
el calor del desconcierto
y un hormigueo que iba
de los pies hasta el cerebro.
Aquí comenzó su amor
y aquí se inició su infierno
porque era mala mujer
Mariqui de los Putero.
- "Despierta, tonto pasmado.
-sacándole de sus sueños-
Avisa, al punto, a tu padre
o paso yo misma adentro
-Pasa, pasa y ve tu misma
a mirar si está despierto,
su cuarto, por el pasillo,
a la izquierda es el primero
Mariqui entró muy resuelta
y Pedro al ver su trasero
entrecerrando los ojos
se dio al pensamiento obsceno.
Pensó que aquella mujer
sería para su lecho
mientras urdía agitado
el modo de echarle el cebo.
-Ahora mismo voy a hablarle
-decía para su adentro-
y hacerle proposición
desde este mismo momento
Marchó resuelto hacia el cuarto
con su pensamiento ciego,
y sin llamar a la puerta,
abrióla, pasando dentro.
Mariqui, mostrando escote,
besaba al viejo Moncuerno
que le tocaba la nalgas
abierto su batín negro.
Los dos quedaron de piedra
cuando observaron que Pedro
había entrado en la alcoba
y les miraba en silencio.
Mariqui salió turbada
de casa de los Mancuerno
y Pedro siguióla al paso
preso de extraños celos.
-Espera, Mariqui, espera,
que tengo un desasosiego
Mariqui paró al momento
por ver que quería Pedro.
-¿Qué quieres?, dime deprisa
que se hace muy tarde y luego
mi padre cierra la puerta
y tengo que irme al granero
si quiero pasar la noche
cubierta por algún techo.
-Yo solo quiero decirte,
decirte yo solo quiero
que tu eres mujer tan guapa
como no hay otra en el pueblo
Mariqui, tan sorprendida,
volvió su mirada al suelo
y anduvo después un paso
plantándole a Pedro un beso.
Así dejaba confuso
al hijo de los Moncuerno
que sin pensarlo dos veces
le dio buen retorno al beso.
Pedro allí le confesó
que el amor le ardía dentro
y después, desconcertado,
le propuso casamiento.
Esbozó ella una sonrisa
y le habló con el silencio
aceptando la propuesta
del menor de los Moncuerno.
Y así fue como empezaron
caminares tan siniestros
al no ser buena mujer
Mariquita de Putero.
II
Los días fueron pasando
de estío y también de invierno
Y Pedro, enfermo de amor,
también lo fue de los celos.
Al cabo de dos semanas
la boda selló su encuentro.
Hubo baile y ricos vinos,
ternera, faisán y cerdo
y una tarta de tres pisos
que cortaron ante el pueblo.
Hicieron luna de miel
visitando el mundo entero,
llevando ella un largo escote
y don Pedro solo celos.
Mariqui se iba de juerga
sin decirle nada a Pedro.
Bebía con albañiles,
militares, marineros,
hombres blancos, amarillos,
borrachines o serenos.
Empezaron las sospechas
de que ya había algún cuerno
mas Don Pedro se callaba
desde su hondo sufrimiento.
Volvieron al fin al pueblo,
donde otra vez todos juntos,
contaban cuentos al fuego.
Mariqui nunca reía
en casa de los Moncuerno
discutiendo a todas horas
por cualquier cosa con Pedro
El marchaba a su trabajo
con la pena sobre el pecho
aquella pena tan grande
que colgaba de sus cuernos.
Aunque ya era muerto en vida
deseaba serlo yerto
para hallar así el descanso
de congojas y desvelos.
Labrando aquel día el campo
le vino un presentimiento
Mariqui se la pegaba,
seguro que con su viejo.
Dejó la azada y los bueyes
comida y demás aperos
y, dando largas zancadas,
tomó camino del pueblo.
Cuando pasó por la iglesia
era sudor y jadeo,
corría desesperado
acosado por sus celos.
Una vez llegado a casa
se puso de un salto adentro
y cruzando aquel pasillo
se coló al cuarto del viejo.
A punto de desmayarse
miró de reojo al espejo
y vió a Mariqui subida
a horcajadas sobre el viejo.
Sudaban ambos a mares,
puede ser que de ajetreo.
Mariqui estaba desnuda
también lo estaba su viejo
ya no cabían más dudas,
los dos estaban jodiendo.
III
Cogió al azar un cuchillo
y acuchillaba los cuerpos,
dos pinchazos a Mariqui,
dos pinchazos a su viejo,
otros dos más a Mariqui,
y otros dos más a su viejo.
Allí les dejó tendidos
tiñendo de rojo el lecho.
Yacía encima Mariqui,
debajo el viejo Moncuerno
y al lado sus ilusiones
le fueron cantando entierro.
Salió con la mente en blanco,
perdió la noción del tiempo
y fue, vagando de noche,
cuando halló el destino incierto.
Era ya de madrugada
que volvía a aquel infierno.
Allí seguía Mariqui
yaciendo sobre su viejo,
ya no sudaba ninguno
pese a que estaban jodiendo.
Y ante aquel cuadro dantesco
pensaba por sus adentros:
Está bien que vayan juntos
al otro mundo jodiendo.
Ya que jodían de vivos
que jodan también de muertos
¡Ay que pena más grande
llevo clavada en mi pecho!
¡Ay que pena, que penita!
-gritaba con desconsuelo.
No pudo soportar Pedro
aquel ataque de cuernos,
cogió una soga en la cuadra
y le hizo un lazo al extremo.
Buscando una gruesa viga
y una caja sobre el suelo,
ató la cuerda en lo alto
ajustándola a su cuello.
Se tiró desde la caja
y al infierno fue derecho.
Aquí termina la historia
de Pedro, de los Moncuerno
que ajusticiaba en la noche
a Mariqui y a su viejo
tomando luego billete
con ellos hacia el infierno.
Un epitafio recuerda
el caso de los Moncuerno:
Aquí comparten la tumba
la saga de los Moncuerno
jodiendo en el otro mundo
sin descanso a una Putero
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