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Historias de barras donde el alcohol es barato y el olvido largo

Jose Anibal Ortiz Lozada

Poeta adicto al portal
Hay bares que no figuran en los mapas, donde el camarero no pregunta nada, porque sabe que el silencio también se sirve en vaso corto y con hielo.
Son esos lugares donde el alcohol es barato, pero el olvido cuesta una vida.
Barras sin gloria, donde las botellas sudan por los pecados de sus clientes
y los taburetes conocen mejor que nadie la postura exacta del que se ha rendido.

En uno de esos bares, a las tres de la tarde o a las tres de la mañana (porque da igual),
hay un tipo que habla con los fantasmas de sus decisiones,
una mujer que ya no llora pero moja el borde del vaso con sus labios
como si besara a quien no volvió.

Y en la esquina del espejo,
un reflejo que todos esquivan:
el del que finge que la vida no le dolió tanto.

Hay música que no consuela,
ceniceros que coleccionan promesas rotas,
y un murmullo espeso que se enreda en la garganta
como el humo lento de un cigarro olvidado en la barra.

Aquí el tiempo no avanza, se tambalea.
Los relojes tienen resaca y las botellas cuentan historias con más precisión
que cualquier memoria.
La gente viene no a beber, sino a conjurar.
A destilar el amor que no funcionó,
el abrazo que no llegó,
la llamada que nunca se hizo.

Y así pasan las noches,
con brindis que no celebran
y risas que no llegan a los ojos.
El olvido, ese gran impostor, se sirve lento,
pero se queda para siempre.

Y vos, que acabás de entrar,
sabés —sin que nadie te lo diga—
que este bar también fue escrito para vos.
 
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