Ronald Bonilla Carvajal
Poeta recién llegado
Aquí iniciamos la segunda y breve parte de mi libro DESPUÉS DE SOÑARTE, denominada
Ay! barco, no te tiemblen los costados,
que llevas una herida.
G. Mistral
HISTORIAS FEBRILES
Febril aventura es mi palabra,
lo sé,
trastocada en las lunas
ahora moribundas,
porque me niegas
el afán de soñar y soñar con tus milagros.
Febril aventura este beso,
quizá imaginado, nunca proscrito
desde la pantalla que nos hermanaba.
No sé quien se atreve a manchar mi corazón.
hecho de las altísimas espumas
para que tú también cantaras
bajo las lluvias
que apenas entrevés entre la niebla.
Yo me sobrepuse a tu lento desamor.
Yo ya no olvido;
no puedes arrebatarme esta terca
memoria de señales.
Los que saben de besos a escondidas
no pueden condenar mi poesía
que sólo sabe
mentir con tu permiso.
Estas febriles historias yo las inventé
y por eso duelen como bandadas ciertas:
no he dicho más que estas orillas
tribales del poema;
tú cambiaste la almohada por una piedra negra
que alguien te invitó a cargaren el camino.
Yo no la puse allí.
Yo para ti estaba cantando:
era ese otro amor a tus costados
no rendido, sí prudente,
incapaz de manchar
tu rebozo de bermejos cristales
entre la noche.
Fui tu mal amigo,
pero todas mis palabras
las encendí en el secreto de esta luz
mortecina de distancias.
Ahora vete, ya me hundiste tu tacón terrible.
Ya puedes vanagloriarte de haberme pisoteado.
Editorial de la UNED, 2008
POSDATA AZUL DE LAS MENTIRAS
Ay! barco, no te tiemblen los costados,
que llevas una herida.
G. Mistral
HISTORIAS FEBRILES
Febril aventura es mi palabra,
lo sé,
trastocada en las lunas
ahora moribundas,
porque me niegas
el afán de soñar y soñar con tus milagros.
Febril aventura este beso,
quizá imaginado, nunca proscrito
desde la pantalla que nos hermanaba.
No sé quien se atreve a manchar mi corazón.
hecho de las altísimas espumas
para que tú también cantaras
bajo las lluvias
que apenas entrevés entre la niebla.
Yo me sobrepuse a tu lento desamor.
Yo ya no olvido;
no puedes arrebatarme esta terca
memoria de señales.
Los que saben de besos a escondidas
no pueden condenar mi poesía
que sólo sabe
mentir con tu permiso.
Estas febriles historias yo las inventé
y por eso duelen como bandadas ciertas:
no he dicho más que estas orillas
tribales del poema;
tú cambiaste la almohada por una piedra negra
que alguien te invitó a cargaren el camino.
Yo no la puse allí.
Yo para ti estaba cantando:
era ese otro amor a tus costados
no rendido, sí prudente,
incapaz de manchar
tu rebozo de bermejos cristales
entre la noche.
Fui tu mal amigo,
pero todas mis palabras
las encendí en el secreto de esta luz
mortecina de distancias.
Ahora vete, ya me hundiste tu tacón terrible.
Ya puedes vanagloriarte de haberme pisoteado.
Editorial de la UNED, 2008
Última edición: