***QueeN Ginevra***
Poeta adicto al portal
Hodierna Perséfone
Tiemblan mis manos al oír su voz pesada,
mi cuerpo padece de hipotermia al verle;
mis labios se separan, escucho su llamada,
mi piel se abre; parece a él pertenecerle.
Mis cabellos húmedos se pegan a mi espalda,
cierro sobre mis piernas los puños por alerta;
mis dientes castañean, el terror me escalda;
el corazón late sin ritmo, me mantiene despierta.
El halo de vapor que sale de mi boca roja
es tan efímero como en este momento mi razón;
le veo venir, le siento; me recorre la congoja.
Tengo miedo. ¡Que ya acabe su tétrica canción!
Su sombra se cuela por la puerta oscura y siniestra,
el ruido de sus botas negras invade el pasillo;
¿tomo mi daga y le doy de mi valentía muestra?,
mejor me levantó ligera y hecho el pestillo.
Me escondo bajo las sábanas y finjo dormida estar,
bajo la almohada mi daga espera silente y punzante.
Toca la puerta, quiere abrir y le oigo gruñir y protestar;
de una violenta patada tira la puerta y me mira sonriente.
Despierta pequeña niña, que escribiste mi nombre,
despierta poeta silente de oscuridad y de amargura;
soy yo, oscuro mi figura, mi nombre; el hombre.
Soy la misma sombra que adora tu alma tan pura.
Él apaga la luz pálida que ilumina la habitación,
me toma en sus brazos de acero, es frío su calor;
me levanta envuelta en sábanas y silba su canción.
Abre la ventana y sin soltarme salta sin temor.
Despierto en la cañada, rodeada de verde sin luz.
Este campo Elíseo, el rincón de su negro corazón;
su palacio, el mismo infierno y mira mis ojos ahí.
Amada mía quédate conmigo, del infierno ilusión.
Aunque mis lágrimas lo nieguen yo también le amo,
es mi lado oscuro, nieve de invierno de fuego;
oscuridad de mi luz, y yo la luz de su oscuridad;
somos necesarios, pues la vida es dualidad.
Me acerco hasta sus brazos de esqueleto;
me toma y me besa, como un niño juguetón;
me acaricia los cabellos y me mece muy lento.
Y en su negro amor, silba su lúgubre canción.
Tiemblan mis manos al oír su voz pesada,
mi cuerpo padece de hipotermia al verle;
mis labios se separan, escucho su llamada,
mi piel se abre; parece a él pertenecerle.
Mis cabellos húmedos se pegan a mi espalda,
cierro sobre mis piernas los puños por alerta;
mis dientes castañean, el terror me escalda;
el corazón late sin ritmo, me mantiene despierta.
El halo de vapor que sale de mi boca roja
es tan efímero como en este momento mi razón;
le veo venir, le siento; me recorre la congoja.
Tengo miedo. ¡Que ya acabe su tétrica canción!
Su sombra se cuela por la puerta oscura y siniestra,
el ruido de sus botas negras invade el pasillo;
¿tomo mi daga y le doy de mi valentía muestra?,
mejor me levantó ligera y hecho el pestillo.
Me escondo bajo las sábanas y finjo dormida estar,
bajo la almohada mi daga espera silente y punzante.
Toca la puerta, quiere abrir y le oigo gruñir y protestar;
de una violenta patada tira la puerta y me mira sonriente.
Despierta pequeña niña, que escribiste mi nombre,
despierta poeta silente de oscuridad y de amargura;
soy yo, oscuro mi figura, mi nombre; el hombre.
Soy la misma sombra que adora tu alma tan pura.
Él apaga la luz pálida que ilumina la habitación,
me toma en sus brazos de acero, es frío su calor;
me levanta envuelta en sábanas y silba su canción.
Abre la ventana y sin soltarme salta sin temor.
Despierto en la cañada, rodeada de verde sin luz.
Este campo Elíseo, el rincón de su negro corazón;
su palacio, el mismo infierno y mira mis ojos ahí.
Amada mía quédate conmigo, del infierno ilusión.
Aunque mis lágrimas lo nieguen yo también le amo,
es mi lado oscuro, nieve de invierno de fuego;
oscuridad de mi luz, y yo la luz de su oscuridad;
somos necesarios, pues la vida es dualidad.
Me acerco hasta sus brazos de esqueleto;
me toma y me besa, como un niño juguetón;
me acaricia los cabellos y me mece muy lento.
Y en su negro amor, silba su lúgubre canción.