Hojas muertas

Zelia

Poeta recién llegado
Pálido, paseaba entre las sombras como perseguido por un fantasma. Cualquier mínimo ruido le hacía sobresaltarse, y continua y temblorosamente se pasaba una mano a la perlada frente y a los sombríos ojos. Ojos enajenados, dilatados, impresa en ellos la imagen del horror que había hecho presa de este alma atormentada. Aquella noche, la luz fría de unas estrellas asustadas se reflejaba en el cadáver de un hombre arrastrado por la corriente entre las hojas muertas.

-¿Fue usted?- La ronca voz del inspector sonaba seca en la sala, llena de preguntas, silencio y humo. De nuevo silencio. ¿Es que acaso podía salir algo de aquellos labios agrietados, que parecían los de un espectro? Al inspector le daba la sensación de que si aquel hombre suspiraba corría el riesgo de pasar a formar parte del humo de la sala. Y bien podía haberlo hecho ya, porque llevaban dos horas de interrogatorio y el desgraciado no había dicho ni su nombre, si es que lo tenía… Dio nerviosamente otra calada a su casi extinguido cigarrillo y salió dando un puntapié a la puerta. Un acceso de tos convulsa le hizo soltar un juramento murmurando algo sobre el cáncer de pulmón mientras entraba en la sala adyacente, desde la que se podía ver al detenido. Se llevó las manos a la cabeza, precozmente encanecida, exasperado. Sabía perfectamente que esa sombra de hombre no había cometido el crimen pero estaba seguro de que había visto algo. En aquella mirada febril y perdida bailaban imágenes que podían ser reveladoras.
 
Pálido, paseaba entre las sombras como perseguido por un fantasma. Cualquier mínimo ruido le hacía sobresaltarse, y continua y temblorosamente se pasaba una mano a la perlada frente y a los sombríos ojos. Ojos enajenados, dilatados, impresa en ellos la imagen del horror que había hecho presa de este alma atormentada. Aquella noche, la luz fría de unas estrellas asustadas se reflejaba en el cadáver de un hombre arrastrado por la corriente entre las hojas muertas.

-¿Fue usted?- La ronca voz del inspector sonaba seca en la sala, llena de preguntas, silencio y humo. De nuevo silencio. ¿Es que acaso podía salir algo de aquellos labios agrietados, que parecían los de un espectro? Al inspector le daba la sensación de que si aquel hombre suspiraba corría el riesgo de pasar a formar parte del humo de la sala. Y bien podía haberlo hecho ya, porque llevaban dos horas de interrogatorio y el desgraciado no había dicho ni su nombre, si es que lo tenía… Dio nerviosamente otra calada a su casi extinguido cigarrillo y salió dando un puntapié a la puerta. Un acceso de tos convulsa le hizo soltar un juramento murmurando algo sobre el cáncer de pulmón mientras entraba en la sala adyacente, desde la que se podía ver al detenido. Se llevó las manos a la cabeza, precozmente encanecida, exasperado. Sabía perfectamente que esa sombra de hombre no había cometido el crimen pero estaba seguro de que había visto algo. En aquella mirada febril y perdida bailaban imágenes que podían ser reveladoras.
Una atmósfera de tensión y miedo.
Me ha gustado su historia.
Mucha fusión de horror, desesperación y desolación.

Saludos
 

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