José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
HOMBRE EN SOMBRA ACUCLILLADO.
No huyas por la rendija del aljibe.
Sosiégate, respira. Tose o blasfema si es preciso,
pero no destruyas el brillo de tu pena,
ni limpies las miserias con tus fracasos.
Deja que el fuego del infierno traspase
tu oscuro trazo.
No! Así no me vale. Arrodíllate como el mal cristiano
que no eres. Las cuclillas no están permitidas en
este club de fantasmas y fantoches; se penitente cabal,
y expía los pecados antes de que la sirena
te transporte al delirio de los ebrios y mal olientes arcanos.
Comulga con el pan ácimo de la envidia oblada,
redime oculto tras tu sombra el asesinato de la luna vieja.
Canta con acordes de balbuceo a ritmo caribeño
y engulle una jarra de tabasco al buche del despreciable.
Sigue ahí en bucle, perdido, examinando esa losa que se abre,
que se agrieta. No dejes que el calor que la fermenta
trague tu sombra acuclillada y escupa tu viscosidad adormilada.
¡DESPIERTA! Ya va siendo hora que te levantes, que te yergues
que alces la cabeza y los brazos y arremetas contra las rejas de tu cuadro.
¡Alza la voz! Hombre en sombra acuclillado.
José I. Ayuso