Évano
Libre, sin dioses.
Se le doblan las rodillas ante un vaso de vino tinto, que reverencia con la visera de una gorra azul, mientras se habla con los ojos cerrados. No parece importarle la partida de cartas de la mesa de al lado ni el plato de embutido que yo ceno con agua. Abre los ojos un momento y le dice algo a las piedras de las paredes del bar, a la tibia luz y a la noche que fuera domina estas montañas. Luego vuelve a enfrentarse a esa copa de vino invencible, con su temblor, con su negación ciega y sus tics de cabeza. Las arrugas son dolor viejo, igual que la ropa raída y sucia por el trabajo del campo y la mina. Invencibles oficios, también.
Me ha recordado a mi padre. Casi medio siglo atrás.
En ese vaso de vino hay diez hijos, hay migas de pan, frío, la soledad de Sierra Morena. Hay impotencia. Hay sueños, ilusiones del ayer. Hay padres, abuelos, la guerra y un hermano muerto, y un hijo. En ese vaso de vino hay una vida diluida y el anciano la está intentando beber. Como cada día.
Me gustaría ser sus rodillas, sus ojos, su hígado, su cabeza. Abrazarlo y decirle que le quiero.
Pero no es él.
He pedido una botella de vino para mí. Quiero acompañarle.
Silencioso.
Hoy quiero que la noche sea vino, que la vida sea vino.
Dicen que no hay que contar intimidades, que los buenos escritores y la gente sensata no lo hace. A la mierda tanta puta hipocresía. Lo haría si me hubieran demostrado algo positivo, que esta humanidad va a algún lugar de buen puerto.
Pero nada más lejos de la realidad.
Hay más vida en ese viejo borracho que en todos los intelectuales del mundo, que en toda la gente de esta Tierra. Hombres derrotados por látigos, aplastados por lo imposible de levantar tanto peso en solitario. Borrachos son los que levantaron esta España. Hubiera sido imposible a palo seco. Imposible enterrar a sus hijos con recolectas de un bar y no matar al señorito del caballo, a ese hijo de puta avaricioso y egoísta. Imposible izar la cabeza ante una mujer y unos hijos hambrientos; enfrentarse al frío, a las madrugadas, a las diez y seis horas de trabajo diarias. Imposible no estrangular a ese cura que te agacha cabeza y rodillas y te obliga a continuar en el infierno, a seguir para obtener lo que él llama cielo sabiendo de la inmensa mentira que te está contando. Imposible no haberse limpiado el culo con una bandera que solo hondea a los ricos de mierda.
Hoy soy vino y el vino ha escrito esto. Orgulloso, tremendamente orgulloso de haberme emborrachado esta noche con las manos agrietadas de mi enfrente, con sus callos y espalda dolorida, con su cuerpo demolido.
Mañana estaré bien, como ese viejo que continuará en la mina y en su campo y lucirá una sonrisa de borracho a sus hijos y un rostro que no será besado por la rudeza de unos sentimientos guardados en esos ojos cerrados que por la noche luchan ante una copa que borra el dolor de cada día.
Las esquinas, cuando cierre el bar, se doblarán, también, ante el vaivén de una calle difusa, de unas estrellas impasibles, inalcanzables, lejanas, como cada sueño que ha volado a lo largo de tanto tiempo. Allí mando un te quiero, al cielo real,un te quiero que vuela de la cabeza turbia, turbia por una botella de vino.
Me ha recordado a mi padre. Casi medio siglo atrás.
En ese vaso de vino hay diez hijos, hay migas de pan, frío, la soledad de Sierra Morena. Hay impotencia. Hay sueños, ilusiones del ayer. Hay padres, abuelos, la guerra y un hermano muerto, y un hijo. En ese vaso de vino hay una vida diluida y el anciano la está intentando beber. Como cada día.
Me gustaría ser sus rodillas, sus ojos, su hígado, su cabeza. Abrazarlo y decirle que le quiero.
Pero no es él.
He pedido una botella de vino para mí. Quiero acompañarle.
Silencioso.
Hoy quiero que la noche sea vino, que la vida sea vino.
Dicen que no hay que contar intimidades, que los buenos escritores y la gente sensata no lo hace. A la mierda tanta puta hipocresía. Lo haría si me hubieran demostrado algo positivo, que esta humanidad va a algún lugar de buen puerto.
Pero nada más lejos de la realidad.
Hay más vida en ese viejo borracho que en todos los intelectuales del mundo, que en toda la gente de esta Tierra. Hombres derrotados por látigos, aplastados por lo imposible de levantar tanto peso en solitario. Borrachos son los que levantaron esta España. Hubiera sido imposible a palo seco. Imposible enterrar a sus hijos con recolectas de un bar y no matar al señorito del caballo, a ese hijo de puta avaricioso y egoísta. Imposible izar la cabeza ante una mujer y unos hijos hambrientos; enfrentarse al frío, a las madrugadas, a las diez y seis horas de trabajo diarias. Imposible no estrangular a ese cura que te agacha cabeza y rodillas y te obliga a continuar en el infierno, a seguir para obtener lo que él llama cielo sabiendo de la inmensa mentira que te está contando. Imposible no haberse limpiado el culo con una bandera que solo hondea a los ricos de mierda.
Hoy soy vino y el vino ha escrito esto. Orgulloso, tremendamente orgulloso de haberme emborrachado esta noche con las manos agrietadas de mi enfrente, con sus callos y espalda dolorida, con su cuerpo demolido.
Mañana estaré bien, como ese viejo que continuará en la mina y en su campo y lucirá una sonrisa de borracho a sus hijos y un rostro que no será besado por la rudeza de unos sentimientos guardados en esos ojos cerrados que por la noche luchan ante una copa que borra el dolor de cada día.
Las esquinas, cuando cierre el bar, se doblarán, también, ante el vaivén de una calle difusa, de unas estrellas impasibles, inalcanzables, lejanas, como cada sueño que ha volado a lo largo de tanto tiempo. Allí mando un te quiero, al cielo real,un te quiero que vuela de la cabeza turbia, turbia por una botella de vino.
Última edición: