El tupido azul se adueña de mi mañana sin ella apenas merecerlo.
Entre una sábana arrugada las piernas, sudorosas,
buscan en vano el amparo de su tacto
y los párpados retoman poco a poco su forma habitual.
Los pies tocan en mi ritual diario el mármol frío
y la alegría se torna escultura de barro.
La inconsciencia me señala la página
que mi mano traspapeló, a posta, en un libro olvidado en los
estantes de la infelicidad.
La extraña pesadilla que se repite
-como los vértices de una serie infinita de poliedros-,
con su dedo índice me inculpa.
Hoy he vuelto a soñar. Pero no que andaba desnuda.
Hoy he vuelto a soñar. Pero no que volaba.
Entre una sábana arrugada las piernas, sudorosas,
buscan en vano el amparo de su tacto
y los párpados retoman poco a poco su forma habitual.
Los pies tocan en mi ritual diario el mármol frío
y la alegría se torna escultura de barro.
La inconsciencia me señala la página
que mi mano traspapeló, a posta, en un libro olvidado en los
estantes de la infelicidad.
La extraña pesadilla que se repite
-como los vértices de una serie infinita de poliedros-,
con su dedo índice me inculpa.
Hoy he vuelto a soñar. Pero no que andaba desnuda.
Hoy he vuelto a soñar. Pero no que volaba.
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