kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
HUMANAMENTE OBJETO
A veces me pregunto qué tendrá de romántico
dejar un poema encajado en el parabrisas de un coche desconocido,
o que un documento con tus huellas dactilares
repose —quizá por siglos— en el armario de un viejo ministerio sin cristales
en el centro de Tashkent.
¿Por qué llevaba Mallory la foto de su mujer
camino hacia la cumbre del Everest?
¡¿Por qué arrebata hasta la sombra del aliento
aquella pisada brutal de Armstrong en la ceniza de la luna?!
¿Por qué
las bóvedas de Altamira,
los dólmenes y las momias,
los sarcófagos y las flores?
¿Por qué el disco del cantautor
o los versos en papel del poeta?
Desde que nos parió la madre africana
la sombra alargada del ciprés
ha marcado nuestra relación con los objetos.
El ciprés...
Somos oxígeno, como el aire,
somos carbono, como el diamante,
somos hidrógeno, como las estrellas,
somos nitrógeno, como el estiércol.
Somos —tan solo— una frágil escultura de canicas,
inmensamente leve,
que se desmorona
y se reencarna en esculturas de gusanos y de moscas.
Somos esferas de niebla caliente
sometidas a leyes que no comprendemos,
somos el yo que se resiste a no ser.
Pretendemos evitar la daga del ciprés
abrazando los objetos
como el náufrago al madero,
objetos que en nuestra ingrávida memoria
queremos pensar que son algo así como inmortales,
y que llevarán nuestro rastro
mucho más allá del rayo de una vida.
...Queremos ver algo «nuestro»
que no sean tan solo nuestras manos.
Así,
mientras palpiten los fetos
y claudiquen los viejos corazones,
seguiremos grabando nuestros nombres
en las pieles de los árboles y de las rocas
bajo un universo que andará reunido
tratando asuntos
mucho más importantes.
Kalkbadan
Madrid, 16 de noviembre de 2016
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