MarcosR
Poeta que considera el portal su segunda casa
Nadie supo de ti,
ni de tu canto, solo las llamas.
Cuando la sal cundió
por las arterias del tiempo
reventadas de invierno y aceitunas.
Y fueron los tinteros allanados
por portación de verbo y de neurona.
Y en las rocas cayeron los últimos pinceles,
las últimas clavijas,
los últimos carteles.
Y los faros de pronto se quebraron
y se hicieron ladrones de metáforas lentas
que en vano naufragaron errantes
por mares vigilados.
Y desde los armarios
se lanzaron los rostros,
las manos, las palabras,
de las inmensas páginas
que a cántaros llovieron,
desde todas las torres
que fueron silenciadas.
En esa larga noche
un sinfín de palabras
quedaron secuestradas
detrás de las gargantas,
y los versos rebeldes
durmieron en las jaulas
aguardando la hora
del último suspiro.
Y una tarde en la radio
al calor de las llamas
de la tarea cumplida,
trovadores mesiánicos
henchidos de comillas
y comida enlatada,
jugaban a los dados
con el parte del día.
ni de tu canto, solo las llamas.
Cuando la sal cundió
por las arterias del tiempo
reventadas de invierno y aceitunas.
Y fueron los tinteros allanados
por portación de verbo y de neurona.
Y en las rocas cayeron los últimos pinceles,
las últimas clavijas,
los últimos carteles.
Y los faros de pronto se quebraron
y se hicieron ladrones de metáforas lentas
que en vano naufragaron errantes
por mares vigilados.
Y desde los armarios
se lanzaron los rostros,
las manos, las palabras,
de las inmensas páginas
que a cántaros llovieron,
desde todas las torres
que fueron silenciadas.
En esa larga noche
un sinfín de palabras
quedaron secuestradas
detrás de las gargantas,
y los versos rebeldes
durmieron en las jaulas
aguardando la hora
del último suspiro.
Y una tarde en la radio
al calor de las llamas
de la tarea cumplida,
trovadores mesiánicos
henchidos de comillas
y comida enlatada,
jugaban a los dados
con el parte del día.
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