Rosa Escarlata
Poeta recién llegado
Éramos un par de amantes, sentados serenamente sobre la tibia arena, observando un atardecer dorado de marzo.
Mientras nuestras manos permanecían entrelazadas y nos jurábamos amor eterno.
Esperábamos con calma, al huracán que se avecinaba violento, trayendo consigo distancia, odio y discordia.
Y detrás, venia la soledad, presurosa y a la vez tranquila, con brazos abiertos y una mueca descarada en forma de sonrisa.
Era evidente que intentaba ocultar su lado sombrío y funesto.
Y ahí estábamos, esperando sosegadamente, lo que sabíamos seria un fin inevitable.
Un último suspiro y una última mirada de resignación.
Cerramos nuestros ojos fuertemente y apretábamos nuestras manos. Mientras sentíamos como el colosal arrasaba con todo a su paso.
La soledad, llena de nostalgia nos acogió en su cálido abrazo, mientras nos dirigíamos hacia polos opuestos. Solo con memorias en común.
Mientras nuestras manos permanecían entrelazadas y nos jurábamos amor eterno.
Esperábamos con calma, al huracán que se avecinaba violento, trayendo consigo distancia, odio y discordia.
Y detrás, venia la soledad, presurosa y a la vez tranquila, con brazos abiertos y una mueca descarada en forma de sonrisa.
Era evidente que intentaba ocultar su lado sombrío y funesto.
Y ahí estábamos, esperando sosegadamente, lo que sabíamos seria un fin inevitable.
Un último suspiro y una última mirada de resignación.
Cerramos nuestros ojos fuertemente y apretábamos nuestras manos. Mientras sentíamos como el colosal arrasaba con todo a su paso.
La soledad, llena de nostalgia nos acogió en su cálido abrazo, mientras nos dirigíamos hacia polos opuestos. Solo con memorias en común.