Cicatriz
Poeta recién llegado
– Sobre aquella tumba reposa el hombre al que busca. Y escuchó bien, dije “sobre”, pues no duerme bajo tierra, está sentado en la lápida.
Me asusté. ¿Qué persona en su sano juicio no se asusta ante semejante parábola? Los cabellos blancos, largos y desalineados caían sobre su frente. El ojo izquierdo le hacía falta, y en su lugar compensaba con más piel. Un único diente cuadrado sobresalía de su boca. Era una graya en su máxima expresión, pero su carácter bonachón me tranquilizaba.
Volví de súbito a las advertencias. La anciana señalaba con su farol aquella siniestra lápida, que se erigía torcida en la tierra. En ella no parecía haber nada más que unas cuantas letras talladas. Sus bordes de piedra habían sufrido el andar de los años.
Era la única lápida en aquella sección de la Chacarita. Después no había nada más que plantas encorvadas y puro terreno virgen.
– ¿Quién es usted? —pregunté a la vieja mujer, aunque ya sabía de su identidad—.
– Más le vale no volver a pensar en eso, m’hijo, o las pesadillas serán eternas.
Había en su habla una mezcla de paisanismo con erudición. Nada era más tenebroso que escucharla, a excepción del vestido en luto que llevaba puesto.
La noche inspiraba terror, a pesar de que yo no suelo temer a la oscuridad. La luna era amarillenta, mas no completa. Algún búho perdía su chistido en la brisa. Sin embargo, no había viajado desde mi biblioteca hasta aquel podrido cementerio para perder una pulseada con la cobardía.
La anciana me miró y alzó su única ceja, y sin esperar orden más explícita comencé a caminar hacia delante. No vi su avejentado cuerpo desaparecer entre las sombras, pero extrañamente me di cuenta de ello.
La lápida se encontraba a eso de quince metros. Una rara luz me guiaba hacia ella. En el trance, un leve temblor sacudió el suelo. A un lado mío (derecha o izquierda, no distinguía), emergió desde la tierra otra lápida, más pequeña pero igualmente gastada. El proceso se repitió y se alzaron tres lápidas más. Increíblemente, y ante aquel fenómeno tan antinatural, proseguí camino hacia la piedra fúnebre que era mi objetivo. Las otras continuaban emergiendo de la tierra. En ellas, cual runa profana, la imagen tallada de un libro abierto distraía a mis ojos.
No pude evitar vislumbrar cómo de las lápidas surgían unas siluetas rojas fantasmagóricas. De ser mera esencia escarlata, pasaron a formar una imagen más nítida; primero de un griego luchando con un persa, luego algún personaje de Las Mil y Una Noches, una palabra latina...
Los fantasmas rojos se paseaban delante mío mientras yo me acercaba a aquella lápida diferente a las otras, más grande y más torcida. Cuando ya estuve frente a ella, sacudí el polvo que la cubría. Allí se dejaban leer un par de palabras antiguas que, como todas las cosas que son y que fueron, ya conocía. Ars Moriendi, rezaba el epitafio.
Bajo esto había algo más escrito; algo que, al leer, me erizó todos los vellos del cuerpo: mi nombre tallado adornaba la piedra fúnebre. Pronto mi sorpresa se convirtió en fascinación. Tan feliz como calmado, supe que el ansiado momento había llegado. Ya no tenía nada más por conocer, nada más por saber. El pecado de la ignorancia se había convertido en algo imposible para mi persona, para mi mente.
Me senté en la lápida, y contemplé aquel teatro que las siluetas rojas ofrecían sobre el camposanto.
Cicatriz (Manuel Bavaresco)
16/01/14
Me asusté. ¿Qué persona en su sano juicio no se asusta ante semejante parábola? Los cabellos blancos, largos y desalineados caían sobre su frente. El ojo izquierdo le hacía falta, y en su lugar compensaba con más piel. Un único diente cuadrado sobresalía de su boca. Era una graya en su máxima expresión, pero su carácter bonachón me tranquilizaba.
Volví de súbito a las advertencias. La anciana señalaba con su farol aquella siniestra lápida, que se erigía torcida en la tierra. En ella no parecía haber nada más que unas cuantas letras talladas. Sus bordes de piedra habían sufrido el andar de los años.
Era la única lápida en aquella sección de la Chacarita. Después no había nada más que plantas encorvadas y puro terreno virgen.
– ¿Quién es usted? —pregunté a la vieja mujer, aunque ya sabía de su identidad—.
– Más le vale no volver a pensar en eso, m’hijo, o las pesadillas serán eternas.
Había en su habla una mezcla de paisanismo con erudición. Nada era más tenebroso que escucharla, a excepción del vestido en luto que llevaba puesto.
La noche inspiraba terror, a pesar de que yo no suelo temer a la oscuridad. La luna era amarillenta, mas no completa. Algún búho perdía su chistido en la brisa. Sin embargo, no había viajado desde mi biblioteca hasta aquel podrido cementerio para perder una pulseada con la cobardía.
La anciana me miró y alzó su única ceja, y sin esperar orden más explícita comencé a caminar hacia delante. No vi su avejentado cuerpo desaparecer entre las sombras, pero extrañamente me di cuenta de ello.
La lápida se encontraba a eso de quince metros. Una rara luz me guiaba hacia ella. En el trance, un leve temblor sacudió el suelo. A un lado mío (derecha o izquierda, no distinguía), emergió desde la tierra otra lápida, más pequeña pero igualmente gastada. El proceso se repitió y se alzaron tres lápidas más. Increíblemente, y ante aquel fenómeno tan antinatural, proseguí camino hacia la piedra fúnebre que era mi objetivo. Las otras continuaban emergiendo de la tierra. En ellas, cual runa profana, la imagen tallada de un libro abierto distraía a mis ojos.
No pude evitar vislumbrar cómo de las lápidas surgían unas siluetas rojas fantasmagóricas. De ser mera esencia escarlata, pasaron a formar una imagen más nítida; primero de un griego luchando con un persa, luego algún personaje de Las Mil y Una Noches, una palabra latina...
Los fantasmas rojos se paseaban delante mío mientras yo me acercaba a aquella lápida diferente a las otras, más grande y más torcida. Cuando ya estuve frente a ella, sacudí el polvo que la cubría. Allí se dejaban leer un par de palabras antiguas que, como todas las cosas que son y que fueron, ya conocía. Ars Moriendi, rezaba el epitafio.
Bajo esto había algo más escrito; algo que, al leer, me erizó todos los vellos del cuerpo: mi nombre tallado adornaba la piedra fúnebre. Pronto mi sorpresa se convirtió en fascinación. Tan feliz como calmado, supe que el ansiado momento había llegado. Ya no tenía nada más por conocer, nada más por saber. El pecado de la ignorancia se había convertido en algo imposible para mi persona, para mi mente.
Me senté en la lápida, y contemplé aquel teatro que las siluetas rojas ofrecían sobre el camposanto.
Cicatriz (Manuel Bavaresco)
16/01/14
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