¡Ya basta! ¡Ya basta, señores!
¡Detengan las insistencias de sus cabezas de furia!
¡Por Dios! ¡Cuántos dedos pueden proveerle a la atrocidad!
No deberían darle espacio a la infancia en la guerra.
No deberían, siquiera, empujar su anonimato en ella.
No deberían restregar su nieve, cuando vaga, en reclamo, un albedrío delirante.
Allí lo veo sentado, inmutable en su triste inocencia, calcinado el capullo.
No sabe llorar, no ubica el llanto, o no está al corriente de la altura de su desamparo.
Quizá el llanto se le haya caído detrás de las transgresiones. Quizá.
Quizá no sepa el cómo, el cuándo desecharse tras resquebrajarse los cartuchos. Quizá.
Quizá no palpa su tristeza, o acaso sí, la de los otros a quienes no ve, de los caídos,
del hogar, de lo que queda. ¿Es esta
la otra razón, la otra normal evidencia
de sentirse vivo? Quizá
La iniquidad, la maga agresora, la que aspira y conspira contra la armonía, la que, en este relámpago, impactó desde el sobresalto,
deja al niño de Alepo con su día desprendido,
con el polvillo venciéndole su pequeña frente apabullada.
En sus ojos
no logro ver nada, no hallo una intensión de luz sobre cómo permanece su alma. No reconozco
la infancia en esa postura, con las manos pacíficas como en un atardecer.
Está pasmado. Al parecer la resignación es su vianda, es su tendón de costumbre. Por eso no malgasta sus lágrimas,
el vencido no recurre a la simple angustia por la rutina.
El niño de Alepo es un residuo rescatado por pocas manos desde
que partió el caos hacia su pureza.
¡Qué traspiés a la sabiduría, al corazón!, sentirse más humano, desde la entraña, ahora, encendida la ausencia y no cuando nunca.
Las acusaciones ante los monseñores no tendrán ningún sentido, mientras éstos, glaciales, perpetradores, prefieran soltar las amebas
y no las alevillas.
¡Detengan las insistencias de sus cabezas de furia!
¡Por Dios! ¡Cuántos dedos pueden proveerle a la atrocidad!
No deberían darle espacio a la infancia en la guerra.
No deberían, siquiera, empujar su anonimato en ella.
No deberían restregar su nieve, cuando vaga, en reclamo, un albedrío delirante.
Allí lo veo sentado, inmutable en su triste inocencia, calcinado el capullo.
No sabe llorar, no ubica el llanto, o no está al corriente de la altura de su desamparo.
Quizá el llanto se le haya caído detrás de las transgresiones. Quizá.
Quizá no sepa el cómo, el cuándo desecharse tras resquebrajarse los cartuchos. Quizá.
Quizá no palpa su tristeza, o acaso sí, la de los otros a quienes no ve, de los caídos,
del hogar, de lo que queda. ¿Es esta
la otra razón, la otra normal evidencia
de sentirse vivo? Quizá
La iniquidad, la maga agresora, la que aspira y conspira contra la armonía, la que, en este relámpago, impactó desde el sobresalto,
deja al niño de Alepo con su día desprendido,
con el polvillo venciéndole su pequeña frente apabullada.
En sus ojos
no logro ver nada, no hallo una intensión de luz sobre cómo permanece su alma. No reconozco
la infancia en esa postura, con las manos pacíficas como en un atardecer.
Está pasmado. Al parecer la resignación es su vianda, es su tendón de costumbre. Por eso no malgasta sus lágrimas,
el vencido no recurre a la simple angustia por la rutina.
El niño de Alepo es un residuo rescatado por pocas manos desde
que partió el caos hacia su pureza.
¡Qué traspiés a la sabiduría, al corazón!, sentirse más humano, desde la entraña, ahora, encendida la ausencia y no cuando nunca.
Las acusaciones ante los monseñores no tendrán ningún sentido, mientras éstos, glaciales, perpetradores, prefieran soltar las amebas
y no las alevillas.
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