III.- Un mar de olivos viejos.

UCRONICO

Poeta recién llegado
Un mar de olivos viejos,
donde morir de viejo espero un día,
cerraba mi horizonte y traslucía,
rutilante, a lo lejos,
el incierto país de la utopía,
sortilegio de luces y reflejos.

La placenta de aceite donde flota
nuestra vida, larvada todavía,
conserva en cada gota
esa esencia sutil de Andalucía:
balsámica ironía,
que mitiga el dolor de su derrota.

Cuando julio solano recogía
su dorada cosecha de las eras,
lloré porque nacía
y ese sol que remata primaveras
mis ojitos abiertos perseguía.

Las acacias sembraban su sombría
semilla de penumbra
sobre la tierra donde yo tenía
hincada de raíz mi poesía.
Hoy este claro sol que ya deslumbra
mi memoria baldía
da sombra de senil melancolía
para unos sueños donde se vislumbra
un patético fin de sinfonía.

Sólo sabe soñar el alma mía
y llorar de dolor al despertar,
y a soñar y a llorar
me convoca mi vida y mi agonía.

Nunca fui aprendiz de navegante,
pero el viento me puso a la deriva.
Yo que a lomos de un flaco Rocinante,
cuya boca no traga ni saliva
navegaba esta estepa sofocante
de sol, trigo y oliva,
he sentido nublarse mi semblante
y llover una lágrima furtiva
cuando, inflando mis velas el levante,
otro mar adelante,
ha partido mi quilla fugitiva.

Como Ulises errante,
alimento esta larga comitiva
que partió con eufórico talante
a una guerra distante,
y, por mor de una diosa vengativa,
en el ponto, vinoso y mareante,
permanece cautiva.

Es mi patria la infancia
pero mi vocación de caminante,
nómada, trashumante,
casi vence mi miedo a la distancia,
ancestral como un astro gravitante,
que inhibe con su atenta vigilancia
todo intento de andar desorbitante.

Relegué mi niñez adormecida
a la siesta indolente de otro estío
y entoné mi primera despedida,
sintiendo tanto mío
el dolor inherente con la herida
como el escalofrío
del cortante puñal del homicida.

Lluviosamente llora el mismo llanto,
amigo siempre fiel de la partida,
anuncio de la vida,
notario de la muerte, cuyo manto
abriga, descarnada y desabrida,
la infecunda semilla del espanto.

Mi juventud huyó despavorida,
sin saber hacia donde ni hasta cuando.
Imagino que el móvil de la huida
fue que quise volar y en sueños ando,
todavía soñando,
(¡temerario suicida!)
horizontes más anchos, alejando
el ocaso del orto de mi vida.

No habré de aterrizar: seguir volando
o estrellar esta onírica quimera
cuyas alas de suave pluma y cera
me siguen elevando
y siguen anegando
la niña de mis ojos, plañidera.
Penélope, no sigas esperando:
regresaré a la tierra cuando muera.
 
Última edición:
Bonito y bien hecho este poema tuyo. Te lo dice una experta en literatura. Espero que no te moleste mi comentario, pero me ha llamado mucho la atención tu poesía.

Un saludo
 
Un mar de olivos viejos,
en donde morir viejo espero un día,
cerraba mi horizonte y traslucía,
rutilante, a lo lejos,
el incierto país de la utopía,
sortilegio de luces y reflejos.

La placenta de aceite donde flota
nuestra vida, larvada todavía,
conserva en cada gota
esa esencia sutil de Andalucía:
balsámica ironía,
que mitiga el dolor de su derrota.

Cuando julio solano recogía
su dorada cosecha de las eras,
lloré porque nacía
y ese sol que remata primaveras
mis ojitos abiertos perseguía.

Las acacias sembraban su sombría
semilla de penumbra
sobre la tierra donde yo tenía
hincada de raíz mi poesía.
Hoy este claro sol que ya deslumbra
mi memoria baldía
da sombra de senil melancolía
para unos sueños donde se vislumbra
un patético fin de sinfonía.

Sólo sabe soñar el alma mía
y llorar de dolor al despertar,
y a soñar y a llorar
me convoca mi vida y mi agonía.

Nunca fui aprendiz de navegante,
pero el viento me puso a la deriva.
Yo que a lomos de un flaco Rocinante,
cuya boca no traga ni saliva,
navegaba esta estepa sofocante
de sol, trigo y oliva,
he sentido nublarse mi semblante
y llover una lágrima furtiva
cuando, inflando mis velas el levante,
otro mar adelante,
ha partido mi quilla fugitiva.

Como Ulises errante,
alimento esta larga comitiva
que partió con eufórico talante
a una guerra distante,
y, por mor de una diosa vengativa,
en el ponto, vinoso y mareante,
permanece cautiva.

Es mi patria la infancia
pero mi vocación de caminante,
nómada, trashumante,
casi vence mi miedo a la distancia,
ancestral como un astro gravitante,
que inhibe con su atenta vigilancia
todo intento de andar desorbitante.

Relegué mi niñez adormecida
a la siesta indolente de otro estío
y entoné mi primera despedida,
sintiendo tanto mío
el dolor inherente con la herida
como el escalofrío
del cortante puñal del homicida.

Lluviosamente llora el mismo llanto,
amigo siempre fiel de la partida,
anuncio de la vida,
notario de la muerte, cuyo manto
abriga, descarnada y desabrida,
la infecunda semilla del espanto.

Mi juventud huyó despavorida,
sin saber hacia donde ni hasta cuando.
Imagino que el móvil de la huida
fue que quise volar y en sueños ando,
todavía soñando,
(¡temerario suicida!)
horizontes más anchos, alejando
el ocaso del orto de mi vida.

No habré de aterrizar: seguir volando
o estrellar esta onírica quimera
cuyas alas de suave pluma y cera
me siguen elevando
y siguen anegando
la niña de mis ojos, plañidera.
Penélope, no sigas esperando:
regresaré a la tierra cuando muera.

Muy bello y entregado poema amigo, placer leerte
 
Un mar de olivos viejos,
en donde morir viejo espero un día,
cerraba mi horizonte y traslucía,
rutilante, a lo lejos,
el incierto país de la utopía,
sortilegio de luces y reflejos.

La placenta de aceite donde flota
nuestra vida, larvada todavía,
conserva en cada gota
esa esencia sutil de Andalucía:
balsámica ironía,
que mitiga el dolor de su derrota.

Cuando julio solano recogía
su dorada cosecha de las eras,
lloré porque nacía
y ese sol que remata primaveras
mis ojitos abiertos perseguía.

Las acacias sembraban su sombría
semilla de penumbra
sobre la tierra donde yo tenía
hincada de raíz mi poesía.
Hoy este claro sol que ya deslumbra
mi memoria baldía
da sombra de senil melancolía
para unos sueños donde se vislumbra
un patético fin de sinfonía.

Sólo sabe soñar el alma mía
y llorar de dolor al despertar,
y a soñar y a llorar
me convoca mi vida y mi agonía.

Nunca fui aprendiz de navegante,
pero el viento me puso a la deriva.
Yo que a lomos de un flaco Rocinante,
cuya boca no traga ni saliva,
navegaba esta estepa sofocante
de sol, trigo y oliva,
he sentido nublarse mi semblante
y llover una lágrima furtiva
cuando, inflando mis velas el levante,
otro mar adelante,
ha partido mi quilla fugitiva.

Como Ulises errante,
alimento esta larga comitiva
que partió con eufórico talante
a una guerra distante,
y, por mor de una diosa vengativa,
en el ponto, vinoso y mareante,
permanece cautiva.

Es mi patria la infancia
pero mi vocación de caminante,
nómada, trashumante,
casi vence mi miedo a la distancia,
ancestral como un astro gravitante,
que inhibe con su atenta vigilancia
todo intento de andar desorbitante.

Relegué mi niñez adormecida
a la siesta indolente de otro estío
y entoné mi primera despedida,
sintiendo tanto mío
el dolor inherente con la herida
como el escalofrío
del cortante puñal del homicida.

Lluviosamente llora el mismo llanto,
amigo siempre fiel de la partida,
anuncio de la vida,
notario de la muerte, cuyo manto
abriga, descarnada y desabrida,
la infecunda semilla del espanto.

Mi juventud huyó despavorida,
sin saber hacia donde ni hasta cuando.
Imagino que el móvil de la huida
fue que quise volar y en sueños ando,
todavía soñando,
(¡temerario suicida!)
horizontes más anchos, alejando
el ocaso del orto de mi vida.

No habré de aterrizar: seguir volando
o estrellar esta onírica quimera
cuyas alas de suave pluma y cera
me siguen elevando
y siguen anegando
la niña de mis ojos, plañidera.
Penélope, no sigas esperando:
regresaré a la tierra cuando muera.


Gran Poema, saludos
 
lineas tan bien plasmadas, bien dibujadas amigo. gusto en estar en elllas, saludos
 
Muy buen poema, amigo, en el que hay de todo: canto a la tierra, a la libertad, sueños, paso del tiempo, remembranza... Verdaderamente emotiva.
Un abrazo desde mi bahía.
 
Leo y pareciera un viaje por la vida interior de un espíritu gitano, que vuela sin miedos pero con llanto fácil...propio de los espíritus sensibles...
Hace rato no me cruzaba con un poema así...
y todo por metida...venía de leer a Abdel,
saludos,
C.
 
Un mar de olivos viejos,
donde morir de viejo espero un día,
cerraba mi horizonte y traslucía,
rutilante, a lo lejos,
el incierto país de la utopía,
sortilegio de luces y reflejos.

La placenta de aceite donde flota
nuestra vida, larvada todavía,
conserva en cada gota
esa esencia sutil de Andalucía:
balsámica ironía,
que mitiga el dolor de su derrota.

Cuando julio solano recogía
su dorada cosecha de las eras,
lloré porque nacía
y ese sol que remata primaveras
mis ojitos abiertos perseguía.

Las acacias sembraban su sombría
semilla de penumbra
sobre la tierra donde yo tenía
hincada de raíz mi poesía.
Hoy este claro sol que ya deslumbra
mi memoria baldía
da sombra de senil melancolía
para unos sueños donde se vislumbra
un patético fin de sinfonía.

Sólo sabe soñar el alma mía
y llorar de dolor al despertar,
y a soñar y a llorar
me convoca mi vida y mi agonía.

Nunca fui aprendiz de navegante,
pero el viento me puso a la deriva.
Yo que a lomos de un flaco Rocinante,
cuya boca no traga ni saliva,
navegaba esta estepa sofocante
de sol, trigo y oliva,
he sentido nublarse mi semblante
y llover una lágrima furtiva
cuando, inflando mis velas el levante,
otro mar adelante,
ha partido mi quilla fugitiva.

Como Ulises errante,
alimento esta larga comitiva
que partió con eufórico talante
a una guerra distante,
y, por mor de una diosa vengativa,
en el ponto, vinoso y mareante,
permanece cautiva.

Es mi patria la infancia
pero mi vocación de caminante,
nómada, trashumante,
casi vence mi miedo a la distancia,
ancestral como un astro gravitante,
que inhibe con su atenta vigilancia
todo intento de andar desorbitante.

Relegué mi niñez adormecida
a la siesta indolente de otro estío
y entoné mi primera despedida,
sintiendo tanto mío
el dolor inherente con la herida
como el escalofrío
del cortante puñal del homicida.

Lluviosamente llora el mismo llanto,
amigo siempre fiel de la partida,
anuncio de la vida,
notario de la muerte, cuyo manto
abriga, descarnada y desabrida,
la infecunda semilla del espanto.

Mi juventud huyó despavorida,
sin saber hacia donde ni hasta cuando.
Imagino que el móvil de la huida
fue que quise volar y en sueños ando,
todavía soñando,
(¡temerario suicida!)
horizontes más anchos, alejando
el ocaso del orto de mi vida.

No habré de aterrizar: seguir volando
o estrellar esta onírica quimera
cuyas alas de suave pluma y cera
me siguen elevando
y siguen anegando
la niña de mis ojos, plañidera.
Penélope, no sigas esperando:
regresaré a la tierra cuando muera.

mmm qué decir?, vi rimas creo largo pero muy original, grato leerle
 
Senti por un momento el leve aleteo de un buho entre las olivas y las hojas de plata de esos viejos olivos, llamalos dias, meses,años. Llamalos vida.

Me sorprendio gratamente. Un abrazo.
 
Simple y llanamente maravilloso este "Un mar de olivos" Yo, sin ser experto en literatura (que todo hay que decirlo) como dice ser la anterior comentarista... Te digo simplemente: que es uno de los mejores poemas que he leído en mi vida ¡y eso sí! he leído muchos. Te dejo mis estrellas y un abrazo.
Recaredo
.
 

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