Solaribus
Poeta veterano en el portal
Amanece
y en mi piel brilla, aún,
el rastro de tu sed enamorada.
Y aún guarda mi oído
tu suave sinfonía de mujer
devoradora de caricias mansas,
y de aquellas que, furiosas,
todo lo atrapan,
lo consumen,
lo acrisolan, lo amalgaman,
fundiendo en una sola
lo que juntan de dos almas.
El rocío de tu pecho
que antecede a la abundancia
de las ganas,
todo lo limpia, todo lo puede,
todo lo sana.
Y la pasión no es más
que una canción
que se cuela
entre la infancia y la mañana.
Una porción de fe desesperada
que escapa del rezo,
buscando por sí misma
herir la muerte que,
malvada,
proyecta asesinar
a los que aman.
Amarte es esperar
el final de las palabras.
Es sentir que al apretar la carne
con la carne,
la piel impide al alma
hundirse del todo en el alma,
como si fuera una frontera
despiadada.
Y lluevo, y llueves,
y repito hasta el hartazgo
un ruego entre
lágrimas mezcladas:
-¡Quiero ser contigo!-
Y componer un ser
de doble hélice dorada.
Un ser nuevo, diferente,
que acaso perteneciera
a una especie aún no hallada
de seres dobles,
quizás tal y como Dios nos pensara.
Pero despierto de la imagen
y me alcanza
con verte desnuda en cuerpo
y alma,
serena, reencontrada,
desmayada en el silencio
de esta madrugada.
Vestida de cariño,
desnuda de miedos, iluminada,
reina de toda
pero toda mi vida,
sintiendo el ronronear
de tus latidos,
¡y de azucenas
y de estrellas perfumada!
y en mi piel brilla, aún,
el rastro de tu sed enamorada.
Y aún guarda mi oído
tu suave sinfonía de mujer
devoradora de caricias mansas,
y de aquellas que, furiosas,
todo lo atrapan,
lo consumen,
lo acrisolan, lo amalgaman,
fundiendo en una sola
lo que juntan de dos almas.
El rocío de tu pecho
que antecede a la abundancia
de las ganas,
todo lo limpia, todo lo puede,
todo lo sana.
Y la pasión no es más
que una canción
que se cuela
entre la infancia y la mañana.
Una porción de fe desesperada
que escapa del rezo,
buscando por sí misma
herir la muerte que,
malvada,
proyecta asesinar
a los que aman.
Amarte es esperar
el final de las palabras.
Es sentir que al apretar la carne
con la carne,
la piel impide al alma
hundirse del todo en el alma,
como si fuera una frontera
despiadada.
Y lluevo, y llueves,
y repito hasta el hartazgo
un ruego entre
lágrimas mezcladas:
-¡Quiero ser contigo!-
Y componer un ser
de doble hélice dorada.
Un ser nuevo, diferente,
que acaso perteneciera
a una especie aún no hallada
de seres dobles,
quizás tal y como Dios nos pensara.
Pero despierto de la imagen
y me alcanza
con verte desnuda en cuerpo
y alma,
serena, reencontrada,
desmayada en el silencio
de esta madrugada.
Vestida de cariño,
desnuda de miedos, iluminada,
reina de toda
pero toda mi vida,
sintiendo el ronronear
de tus latidos,
¡y de azucenas
y de estrellas perfumada!