La noche antes de reunirnos me siento como cuando era niña la noche en que iban a venir los Reyes Magos, y me metía en la cama. Tenía que acostarme pronto, y dormir para que vinieran. Y levantarme bien pronto por la mañana para ver qué me habían traído. Pero no me podía dormir. Acurrucada en la cama, con la luz apagada, y los ojos bien cerrados, mi rostro dibujaba una sonrisa llena de ilusión, mi cuerpo daba vueltas, al igual que mi cabeza, pensando en qué iba a venir mañana, imaginándome situaciones maravillosas, y otras decepcionantes. No podía dormir de la emoción. Y a la mañana siguiente, con los ojos somnolientos y llenos de ilusión, me dirigía al salón para ver la sorpresa que me esperaba, con una mezcla de miedo y esperanza dentro de mi cuerpo.