Tierra sin bordes
Imaginemos, alma mía,
que el mundo despertara sin fronteras,
que ningún mapa dividiera el alba
ni ninguna bandera gritara superior.
Que los acentos fueran solo música,
los rostros, paisajes del mismo amor,
las pieles, matices del lienzo humano
y los credos, lenguajes del corazón.
Imaginemos que el hambre fuera leyenda,
y que el pan, como el sol, alumbrara a todos.
Que un niño al nacer no heredara el miedo
sino el asombro inmenso de estar vivo.
Que no importara la tierra ni el origen,
porque la patria fuera la esperanza
y el hogar, cualquier mano tendida
sin condición, sin nombre, sin desdén.
Imaginemos que el poder se arrodillara
ante la ternura y la justicia,
y que nadie tuviera que alzar la voz
porque ya no existiera la opresión.
Un mundo donde las guerras se narraran
como errores de un pasado dormido,
y la paz, esa flor de pétalo frágil,
fuese el árbol que cobije a los siglos.
Imaginemos que el amor fuera ley,
que el respeto habitara las miradas,
y que el otro, ese espejo que nos duele,
fuese al fin hermano, sin disfraz.
Y si todo esto parece un sueño,
hagamos del sueño nuestro camino.
Porque lo imposible solo tarda un poco
más que aquello que ya nos atrevimos.
Imaginemos, alma mía,
que el mundo despertara sin fronteras,
que ningún mapa dividiera el alba
ni ninguna bandera gritara superior.
Que los acentos fueran solo música,
los rostros, paisajes del mismo amor,
las pieles, matices del lienzo humano
y los credos, lenguajes del corazón.
Imaginemos que el hambre fuera leyenda,
y que el pan, como el sol, alumbrara a todos.
Que un niño al nacer no heredara el miedo
sino el asombro inmenso de estar vivo.
Que no importara la tierra ni el origen,
porque la patria fuera la esperanza
y el hogar, cualquier mano tendida
sin condición, sin nombre, sin desdén.
Imaginemos que el poder se arrodillara
ante la ternura y la justicia,
y que nadie tuviera que alzar la voz
porque ya no existiera la opresión.
Un mundo donde las guerras se narraran
como errores de un pasado dormido,
y la paz, esa flor de pétalo frágil,
fuese el árbol que cobije a los siglos.
Imaginemos que el amor fuera ley,
que el respeto habitara las miradas,
y que el otro, ese espejo que nos duele,
fuese al fin hermano, sin disfraz.
Y si todo esto parece un sueño,
hagamos del sueño nuestro camino.
Porque lo imposible solo tarda un poco
más que aquello que ya nos atrevimos.