Francisco Lechuga Mejia
Poeta que no puede vivir sin el portal
Y ahí estaba yo, impaciente en lo más profundo de la estación Bellas Artes del subterráneo, casi abajo del centro de la ciudad, viendo como se escurría la hora de la cita por el cristal del reloj, viendo de reojo para no perder la atención y poder localizar a mi cita, como pasaban demonios, almas sin cuerpo, cuerpos vacios, vendedores; le traemos galletas de marca, completas, con fecha de caducidad para que vea que es un producto sin par o si usted lo prefiere le traemos baterías para su lamparita de mano, para su radio para su
, y nada, el tiempo se divertía con mi angustia y el celular no sonaba.
Aunque bien conozco los retrasos forzosos de esta ciudad me sentí abandonado, caminé varias veces la estación de ida y vuelta, subí y baje como puta en semana santa. Nada. Aquel ser con el que mi ilusión pasaría la tarde-noche no llegaba, salí de la estacion por si acaso hubiera confundido el punto de reunión y nada, solo cuerpos de un lado a otro y un viento tibio sobre mi rostro.
Debieron haber pasado pocos minutos del minuto en que acordamos la cita, pero la ilusión y las ganas me habían, como buenas ganas, martirizado hasta el momento en el que el móvil sonó y la voz del ser que esperaba me dijo que se encontraba en un Sanborns, cosa por demás extraña ya que yo estaba en ese momento justo en frente de ese restaurante, de pronto me llego una luz; pendejo si esta es la ciudad de los Sanborn´s y de los VIPS y más aún en el centro de la ciudad en donde hay uno por esquina. Ahora marqué yo y por fin quedamos de vernos en un lugar sin error, como colegiales de pinta escogimos la puerta del Palacio de las Bellas Artes.
Con piernas temblorosas y el corazón palpitando por fin después de tanto tiempo me encaminé al lugar en donde al fin tuve a ese ser a tiro de piedra.
Su andar de león rey del asfalto, su cuerpo delgado que se prolongaba hasta la nube de humedad del tesoro de un climax bien soñado, su pelo negro como la noche, sus ojos como de moda bien abiertos y de donde colgaba esa mirada de obsidiana hambrienta de ver el porqué yo le miro tan bien, sus oídos dispuestos a todo; incluso al doble sentido de las palabras, su voz de gruta inexplorada y el abraso de sus brazos que derritió el colesterol de mis venas.
Esta vez no pude sentir con la yema de mis expertos dedos el nacimiento de alas algunas pues traía una mochila de donde nacía un paraguas cerrado en botón por si las aguas y miles de interrogantes.
Decidimos caminar por las calles centenarias del centro histórico. Su andar era como si caminara sobre esferas de cristal sin romper ni una, su mirada nos abría paso en medio de los cuerpos sin alma que deambulaban disfrazados de compradores y turistas, su aliento se sabía a menta y al conjuro de todos y cada uno de los malos recuerdos, sus manos aleteaban al tiempo que hablaba tal cual si fueran alas ángelicales y en cualquier momento su estatura completa pudiera despegar de la acera, así que yo lo detenía con mi mirada mientras admiraba su cuerpo rogando a los dioses que no se me fijara tanto en la mente que se me quedara como obsesión, su voz, ¡demonios! su erótica voz era tan azul que me hizo entender en carne propia el porqué los mercadologos de las pastillas mágicas del mismo color decidieron esa tonalidad para hacer los milagros nocturnos de la resucitación.
Después, vueltas y café, magia entera, el juego de las miradas que de serias solo tenían la mirada, otra nueva carcajada del tiempo derretido en la cara de incredulidad de las meseras que no veían la buena hora de corrernos del lugar. Nos calló la noche con el estruendo de las cortinas de los comercios cerrando, con los pasos aletargados de los cuerpos que por las aceras buscaban su alma, con un sí, con un tal vez, con la esperanza de poder vivir un tiempo a su lado, sin negativas, con el corazón latiendo de nuevo y la frente perlándose de nuevo del sudor de las nuevas emociones.
A las doce de la noche nos despedimos y ni ese ser, que casi puedo jurar que atrás de la mochila y el paraguas que nunca florecio escondía unas blancas alas, ni yo, nos transformamos en nada con el mutuo beso en la mejilla.
Gayo 10.5.11
Aunque bien conozco los retrasos forzosos de esta ciudad me sentí abandonado, caminé varias veces la estación de ida y vuelta, subí y baje como puta en semana santa. Nada. Aquel ser con el que mi ilusión pasaría la tarde-noche no llegaba, salí de la estacion por si acaso hubiera confundido el punto de reunión y nada, solo cuerpos de un lado a otro y un viento tibio sobre mi rostro.
Debieron haber pasado pocos minutos del minuto en que acordamos la cita, pero la ilusión y las ganas me habían, como buenas ganas, martirizado hasta el momento en el que el móvil sonó y la voz del ser que esperaba me dijo que se encontraba en un Sanborns, cosa por demás extraña ya que yo estaba en ese momento justo en frente de ese restaurante, de pronto me llego una luz; pendejo si esta es la ciudad de los Sanborn´s y de los VIPS y más aún en el centro de la ciudad en donde hay uno por esquina. Ahora marqué yo y por fin quedamos de vernos en un lugar sin error, como colegiales de pinta escogimos la puerta del Palacio de las Bellas Artes.
Con piernas temblorosas y el corazón palpitando por fin después de tanto tiempo me encaminé al lugar en donde al fin tuve a ese ser a tiro de piedra.
Su andar de león rey del asfalto, su cuerpo delgado que se prolongaba hasta la nube de humedad del tesoro de un climax bien soñado, su pelo negro como la noche, sus ojos como de moda bien abiertos y de donde colgaba esa mirada de obsidiana hambrienta de ver el porqué yo le miro tan bien, sus oídos dispuestos a todo; incluso al doble sentido de las palabras, su voz de gruta inexplorada y el abraso de sus brazos que derritió el colesterol de mis venas.
Esta vez no pude sentir con la yema de mis expertos dedos el nacimiento de alas algunas pues traía una mochila de donde nacía un paraguas cerrado en botón por si las aguas y miles de interrogantes.
Decidimos caminar por las calles centenarias del centro histórico. Su andar era como si caminara sobre esferas de cristal sin romper ni una, su mirada nos abría paso en medio de los cuerpos sin alma que deambulaban disfrazados de compradores y turistas, su aliento se sabía a menta y al conjuro de todos y cada uno de los malos recuerdos, sus manos aleteaban al tiempo que hablaba tal cual si fueran alas ángelicales y en cualquier momento su estatura completa pudiera despegar de la acera, así que yo lo detenía con mi mirada mientras admiraba su cuerpo rogando a los dioses que no se me fijara tanto en la mente que se me quedara como obsesión, su voz, ¡demonios! su erótica voz era tan azul que me hizo entender en carne propia el porqué los mercadologos de las pastillas mágicas del mismo color decidieron esa tonalidad para hacer los milagros nocturnos de la resucitación.
Después, vueltas y café, magia entera, el juego de las miradas que de serias solo tenían la mirada, otra nueva carcajada del tiempo derretido en la cara de incredulidad de las meseras que no veían la buena hora de corrernos del lugar. Nos calló la noche con el estruendo de las cortinas de los comercios cerrando, con los pasos aletargados de los cuerpos que por las aceras buscaban su alma, con un sí, con un tal vez, con la esperanza de poder vivir un tiempo a su lado, sin negativas, con el corazón latiendo de nuevo y la frente perlándose de nuevo del sudor de las nuevas emociones.
A las doce de la noche nos despedimos y ni ese ser, que casi puedo jurar que atrás de la mochila y el paraguas que nunca florecio escondía unas blancas alas, ni yo, nos transformamos en nada con el mutuo beso en la mejilla.
Gayo 10.5.11
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