M. Chavarría
Poeta recién llegado
Recorrí
con una multitud de cabezas
por desolados territorios.
Atravesé,
movida por un instinto de reptiles,
el delgado límite que me alejaba
del abismo de inexistencia.
Esperé pacientemente
por la mirada amarilla, traductora del mundo,
por los pulgares,
y por los brazos cargados de piel, de sangre y de hueso.
Del hilo vital me sostuve con fuerza,
y balanceé mi cuerpo, pequeña semilla,
al ritmo de la viscosa marea de maternas entrañas.
Y ahora, muchos días después de haberme separado de la noche
y de sus cálidas tinieblas,
solo marcas quedan,
de aquella cuerda de piel
que llenaba mi estómago y oprimía mi garganta.
con una multitud de cabezas
por desolados territorios.
Atravesé,
movida por un instinto de reptiles,
el delgado límite que me alejaba
del abismo de inexistencia.
Esperé pacientemente
por la mirada amarilla, traductora del mundo,
por los pulgares,
y por los brazos cargados de piel, de sangre y de hueso.
Del hilo vital me sostuve con fuerza,
y balanceé mi cuerpo, pequeña semilla,
al ritmo de la viscosa marea de maternas entrañas.
Y ahora, muchos días después de haberme separado de la noche
y de sus cálidas tinieblas,
solo marcas quedan,
de aquella cuerda de piel
que llenaba mi estómago y oprimía mi garganta.