Dertodesking
Poeta recién llegado
I
Ante la granja
pastan en angostos
metros cuadrados
nuestras vacas gordas
—madres piadosas
que, con lánguidos mugidos,
apaciguan
mis vacas flacas—.
Mientras mis manos danzan
de arriba abajo,
buscando el blanco néctar
entre los senos caídos,
un ruido sordo
quiebra el silencio.
La goma quemando la tierra caliza.
Ese camión llega,
esparciendo el terreno
bajo enormes neumáticos.
De él, dos hombres descienden
como colonos
ante tierras vírgenes,
que veden sus cuerpos
para saciar la lascivia invasora.
Hoy
me piden
una miseria
a cambio de semanas
donde mi espalda
ladeó por el viento
que el trabajo
llevó consigo.
No puedo negarme.
Las vacas
flacas respiran
aparatosamente
y, hambrientas, canibalizan
sus cuerpos esqueléticos.
Entonces
entrelazo mi mano con la de
los colonizadores en un firme apretón.
El trato se cierra.
Las vacas gordas gimotean
en coros plomizos,
y las vacas flacas
no engordan,
pero seguirán vivas
otro mes más.
Ante la granja
pastan en angostos
metros cuadrados
nuestras vacas gordas
—madres piadosas
que, con lánguidos mugidos,
apaciguan
mis vacas flacas—.
Mientras mis manos danzan
de arriba abajo,
buscando el blanco néctar
entre los senos caídos,
un ruido sordo
quiebra el silencio.
La goma quemando la tierra caliza.
Ese camión llega,
esparciendo el terreno
bajo enormes neumáticos.
De él, dos hombres descienden
como colonos
ante tierras vírgenes,
que veden sus cuerpos
para saciar la lascivia invasora.
Hoy
me piden
una miseria
a cambio de semanas
donde mi espalda
ladeó por el viento
que el trabajo
llevó consigo.
No puedo negarme.
Las vacas
flacas respiran
aparatosamente
y, hambrientas, canibalizan
sus cuerpos esqueléticos.
Entonces
entrelazo mi mano con la de
los colonizadores en un firme apretón.
El trato se cierra.
Las vacas gordas gimotean
en coros plomizos,
y las vacas flacas
no engordan,
pero seguirán vivas
otro mes más.
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