Esa muralla que hace que el verso aventurero,
tire la toalla.
Que bese la lona y muerda el polvo,
para que se venga abajo y mendigue, desplazándose sobre ambas rodillas.
Esa muralla que hace que muchos poetas hinquen los codos,
para estudiar en la biblioteca,
mientras podrían estar trabajando cara al público,
en una pastelería, o panadería, o frutería, o pescadería...
Esa muralla se llama vocación sacerdotal, a veces. Vocación de monja, puede ser.
Vocación de saber mucho, incluso. Vocación de Excelentísimos.