F. CABALLERO SÁNCHEZ
Poeta recién llegado
Inocencia y ventriloquia
Cuento
Se cuenta y no tiene fin
una abundancia de cuentos
referidos a esos nobles
e inocentes lugareños
que han nacido en Lepe (Huelva)
bien porque son muy sinceros
o por pecar de inocencia
(que es cierto don que tenemos
y que surge muchas veces
en los corazones tiernos,
infantiles, sin maldad)
Referiré como ejemplo
el suceso que me han dicho
de algún sencillo lepero:
En uno de esos cafés,
de carreteras de pueblo,
donde te sirven comida
y te venden pan cateto,
sin que recuerde el lugar
de tal acontecimiento,
apareció cierto día,
con aire de pregonero,
un formidable ventrílocuo
con su adecuado muñeco
que, al parecer, pretendía
ganarse allí su sustento
bien por falta de trabajo
o simplemente queriendo
encontrar un auditorio
donde mostrar su talento.
Movía con gran pericia
los labios de su muñeco,
el cual le hablaba a la gente
con un lenguaje correcto,
animoso, divertido
y con su pizca de ingenio.
Y todo el mundo reía
el parloteo del muñeco
al darle a todo respuesta.
Con un giro picaresco
anunció contar un chiste
de un divertido lepero...
Y en ese preciso instante
un hombre, con un gran cuerpo,
se levantó de la mesa
donde tomaba su almuerzo
y dijo alzando su voz:
-¡Eh!¡Cudiao con los leperos!
¡Cudiao..., muchísimo cudiao
con las pamplinas y cuentos,
que se dicen sin razón,
de los hijos de mi pueblo!
El ventrílocuo intentó,
tranquilizarlo, diciendo
a la vez que aparecía
una sonrisa en su gesto:
-No se preocupe, señor,
que todos son, más o menos,...
unos chistes inocentes
llenos de humor y de ingenio...
Y el señor que protestaba,
al fin y al cabo un lepero,
dijo esta frase con rabia
dando un porrazo violento
sobre el pobre mostrador:
-¡¡Cállese usted, caballero,
que nada va con usted!!
Le estoy hablando... ¡¡¡ al muñeco!!!
Cuento
Se cuenta y no tiene fin
una abundancia de cuentos
referidos a esos nobles
e inocentes lugareños
que han nacido en Lepe (Huelva)
bien porque son muy sinceros
o por pecar de inocencia
(que es cierto don que tenemos
y que surge muchas veces
en los corazones tiernos,
infantiles, sin maldad)
Referiré como ejemplo
el suceso que me han dicho
de algún sencillo lepero:
En uno de esos cafés,
de carreteras de pueblo,
donde te sirven comida
y te venden pan cateto,
sin que recuerde el lugar
de tal acontecimiento,
apareció cierto día,
con aire de pregonero,
un formidable ventrílocuo
con su adecuado muñeco
que, al parecer, pretendía
ganarse allí su sustento
bien por falta de trabajo
o simplemente queriendo
encontrar un auditorio
donde mostrar su talento.
Movía con gran pericia
los labios de su muñeco,
el cual le hablaba a la gente
con un lenguaje correcto,
animoso, divertido
y con su pizca de ingenio.
Y todo el mundo reía
el parloteo del muñeco
al darle a todo respuesta.
Con un giro picaresco
anunció contar un chiste
de un divertido lepero...
Y en ese preciso instante
un hombre, con un gran cuerpo,
se levantó de la mesa
donde tomaba su almuerzo
y dijo alzando su voz:
-¡Eh!¡Cudiao con los leperos!
¡Cudiao..., muchísimo cudiao
con las pamplinas y cuentos,
que se dicen sin razón,
de los hijos de mi pueblo!
El ventrílocuo intentó,
tranquilizarlo, diciendo
a la vez que aparecía
una sonrisa en su gesto:
-No se preocupe, señor,
que todos son, más o menos,...
unos chistes inocentes
llenos de humor y de ingenio...
Y el señor que protestaba,
al fin y al cabo un lepero,
dijo esta frase con rabia
dando un porrazo violento
sobre el pobre mostrador:
-¡¡Cállese usted, caballero,
que nada va con usted!!
Le estoy hablando... ¡¡¡ al muñeco!!!