José Ignacio Ayuso Diez
Epicuro y la ataraxia, sin miedos ...
INVIERNO EN EL HOGAR
Hoy creo, haber perdido una gran parte de ti en mí.
Siento destemplanza, tibieza, un extraño frío.
Tal vez sea por ser invierno,
o tal vez no. No se.
Será por este indolente corazón mío
que me hace estar yerto y vacío,
lejano y ausente, ajeno al temor de que sea eterno.
Me paraliza el vértigo al sentirte en mi propio abismo,
y me sorprende mi quietud al filo de tu destino.
Hoy me conmueve aún más, esa mirada esquiva y silenciosa,
y me provoca un profundo dolor que me desgarra el alma
y me agarra a tu memoria.
Recorro absorto y en silencio los pasos que juntos dimos,
y siento que el tiempo me los oculta
y siento, que los he perdido.
Busco dónde y cuándo tropezamos.
¿Dónde caímos? ¿Dónde el tú sin mí y el yo sin ti… empezó?
Quisiera poder encontrarlo, y rectificar a tiempo
este preludio postrero.
Me he visto rodeado por altos muros inexpugnables
de opacos lienzos que no he sabido ver,
se construyeron por desidia y dejadez
imposibles de escalar e, imposibles de vencer.
He descubierto sobres y hojas en blanco
de anheladas e idílicas cartas,
que nunca te escribí.
Erré y equivoqué de manera contumaz
el repetido gesto de amar.
Me abandoné a la rutina del hogar,
donde un calor espurio se convirtió en monotonía.
Hoy, el lar está frío, sin chispa que lo encienda.
Y se acrecienta en esta tarde de invierno
ese regusto amargo por aquel dulce recuerdo,
cuando acurrucados los dos bajo la manta de lana,
buscábamos nuestras manos, para darnos calor de amor
y refugio en el alma.
Aún me perturba ese sonido sordo
que me quiebra los recuerdos
y me golpea con enojo el corazón roto.
Sigo ajeno al desamor que no guardo
y busco entre los jarrones
la solución de los blancos nardos.
Temo encontrarme con amarillos crisantemos
que me obliguen a renunciar a mi gran amor,
abocándome al abismo, con un adiós eterno.
¡Nunca, nunca en nuestro hogar,
debí dejar que se alojara el invierno!
Hoy creo, haber perdido una gran parte de ti en mí.
Siento destemplanza, tibieza, un extraño frío.
Tal vez sea por ser invierno,
o tal vez no. No se.
Será por este indolente corazón mío
que me hace estar yerto y vacío,
lejano y ausente, ajeno al temor de que sea eterno.
Me paraliza el vértigo al sentirte en mi propio abismo,
y me sorprende mi quietud al filo de tu destino.
Hoy me conmueve aún más, esa mirada esquiva y silenciosa,
y me provoca un profundo dolor que me desgarra el alma
y me agarra a tu memoria.
Recorro absorto y en silencio los pasos que juntos dimos,
y siento que el tiempo me los oculta
y siento, que los he perdido.
Busco dónde y cuándo tropezamos.
¿Dónde caímos? ¿Dónde el tú sin mí y el yo sin ti… empezó?
Quisiera poder encontrarlo, y rectificar a tiempo
este preludio postrero.
Me he visto rodeado por altos muros inexpugnables
de opacos lienzos que no he sabido ver,
se construyeron por desidia y dejadez
imposibles de escalar e, imposibles de vencer.
He descubierto sobres y hojas en blanco
de anheladas e idílicas cartas,
que nunca te escribí.
Erré y equivoqué de manera contumaz
el repetido gesto de amar.
Me abandoné a la rutina del hogar,
donde un calor espurio se convirtió en monotonía.
Hoy, el lar está frío, sin chispa que lo encienda.
Y se acrecienta en esta tarde de invierno
ese regusto amargo por aquel dulce recuerdo,
cuando acurrucados los dos bajo la manta de lana,
buscábamos nuestras manos, para darnos calor de amor
y refugio en el alma.
Aún me perturba ese sonido sordo
que me quiebra los recuerdos
y me golpea con enojo el corazón roto.
Sigo ajeno al desamor que no guardo
y busco entre los jarrones
la solución de los blancos nardos.
Temo encontrarme con amarillos crisantemos
que me obliguen a renunciar a mi gran amor,
abocándome al abismo, con un adiós eterno.
¡Nunca, nunca en nuestro hogar,
debí dejar que se alojara el invierno!