Cuando la guerra se abrió de arriba abajo en Alepo,
cuando izó su frente frenética, los malestares de las
semanas repercutieron, como nunca antes, sobre
los hombros.
Fue la ocasión para que los metales escondidos
guarecieran los sueños de los alepinos, también
para que ahondaran sus sepulturas en las granjas como fauces irritadas.
La noche no pasó inadvertida de tanta rotura,
y su humedad debió posponerse hasta tanto los humos liberasen,
de sus crestas, cada uno de los alminares.
No es de extrañar que se suministrara una dosis de Vietnam,
un solo mediodía de éste, o mejor dicho,
una de sus suturas, una de sus impurezas,
uno de sus histerismos.
Imitaron, con tal humorada, los desgastes de aquellas
armas en las emboscadas, de su Napalm se permitieron
la combustión
y carbonizar el duro olivo. Provocaron
gradualmente las drupas hasta amedrentarlas.
Las detonaciones fueron sustituyendo al silencio en su caja para oídos.
Truenos que nadie amaría. Las abejas del día
decayeron todas, una a una, en mal momento,
por las balas homicidas.
Y los residentes, al cerrar de ojos,
fueron ciudadanos, al siguiente, asilados.
Los cocinas, todavía en reposo con los almuerzos,
desaparecieron bajo los escombros, con todo lo hervido
y el hambre fue el signo compasivo de seguir viviendo.
Los barrios fueron devueltos, o revueltos a la arcilla,
con tal severidad, que no fueron merecedores
para amasarlos.
No llores, hermano, no lo hagas, pues si lloras,
si impones tu lágrima, le recordarías a los alepinos, a los cadáveres,
a todas las hojas perdidas, que en los ojos, además de las migas, también
cabe el llanto.
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