Alizée
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www.youtube.com/watch?v=dMriDhHDB1E&feature=emb_title
En el pequeño vergel de aquella casa,
de infancia dedicada que jugaba taciturna y solitaria
descubrió el pasadizo secreto hacia mi alma;
el solemne observador de vida pleno,
un gentil e inclusivo, verde ecosistema.
Incontables sucesos maravilla ocurrían cada momento,
en el rellano de la calma y el silencio.
Fue allí donde lo conocí y mis signos vitales
comenzaron a importarle.
Canto que vuela hasta el confín de ida y vuelta,
sobrevuelo lunar, estela de cometa;
fruto para comer y agua que beber,
en él, todo se encuentra.
Tuve que andar despacio el altiplano
hacia ese gris uniforme color a mediodía,
ciudad asfalto, noche neón que vocifera
su identidad feroz y la proyecta donde no logras
escuchar, ni ver, ya te embelesa o ya te alerta,
que si te dejas seducir aun siendo el mismo;
ya no regresas, quizá te pierdas.
Dejé atrás los agujeros de la hormiga y el suelo disparejo,
refugios del insecto y caracol, tierra negra de trébol,
minisoles*, limones y azucenas.
Todavía lo visito los fines de semana o en feriados,
mantengo fresco el santuario latente de la vida.
Y aunque tengo un toque más de urbe,
fría, distante y recargada, una parte de mi
aún es jardín mimetizado.
Por eso busco siempre, en ese desbordante paradiso,
que me abrace frenética la luz de luna,
a veces sonrojada, indiferente, otras oculta,
menguante, enigma, o bien, trasnochada e inquietante.
Sin pedir nada, atento a mi pisada permanece,
me acoge y da la bienvenida, y aunque soy yo quien
necesita de su aire, por ser tan puro y ser contraste,
acaso oxígeno vital de pulmón intoxicado;
deseo por sobre todas las cosas de este mundo,
prodigarle mi amor a lo absoluto.
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