Espectros deambulan
se esfuerzan por vender golosinas y cigarrillos
a los jazzmen y a las jazzwomen
que yacen sentadas y echados
en las frías piedras de la plaza,
otrora lecho de la gran pileta de tres pisos.
Irrumpen los primeros acordes
con fuerza de cambio
al menos para el arte.
De a poco se toman el espacio
y deleitan en azul de humo,
los dulces acordes de una traversa femenina
entre notas académicas y ritmo latino.
Parecen olas de un lago gigante
que caen desde unos labios tibios
y se deslizan por debajo de los cuerpos extasiados,
levantándolos un poco hacia la Luna
que tímida asoma a la plaza,
de reojo,
entre tenues nubes grises.
Bongós y platillos...
suenan gesticulan, aquí y allá,
en el norte y en el sur
y en los rincones de los cafés vecinos,
con bebedores de vino apostados.
El ritmo estremecedor de la percusión
se entremezcla con virtuosos arranques de teclado,
y solos de bajo,
con esa languidez de antaño que hace suspirar.
Juntos retumban en los corazones,
en unos más,
en otros menos.
...el concierto se extingue,
en medio de la plaza tapizada de basura,
un soplo del cielo
abre senderos a los fantasmas de la noche,
que poco han logrado
y mucho han encarado de rabia
a los que asoman por delante.
Regresan en sus pasos lentos
a las casas de plástico y cartón
en algún portal bello y triste.
Las melodías no se han ido,
todavía revolotean en el viento espeso
y quedan suspendidas en la eternidad del recuerdo.
Por hoy, la plaza se cierra al jazz
y a los espectros de la noche,
niños y viejas desdentadas,
que esperan amanecer vivos
para seguir jugando a la vida
quizás en alguna noche de miel
se esfuerzan por vender golosinas y cigarrillos
a los jazzmen y a las jazzwomen
que yacen sentadas y echados
en las frías piedras de la plaza,
otrora lecho de la gran pileta de tres pisos.
Irrumpen los primeros acordes
con fuerza de cambio
al menos para el arte.
De a poco se toman el espacio
y deleitan en azul de humo,
los dulces acordes de una traversa femenina
entre notas académicas y ritmo latino.
Parecen olas de un lago gigante
que caen desde unos labios tibios
y se deslizan por debajo de los cuerpos extasiados,
levantándolos un poco hacia la Luna
que tímida asoma a la plaza,
de reojo,
entre tenues nubes grises.
Bongós y platillos...
suenan gesticulan, aquí y allá,
en el norte y en el sur
y en los rincones de los cafés vecinos,
con bebedores de vino apostados.
El ritmo estremecedor de la percusión
se entremezcla con virtuosos arranques de teclado,
y solos de bajo,
con esa languidez de antaño que hace suspirar.
Juntos retumban en los corazones,
en unos más,
en otros menos.
...el concierto se extingue,
en medio de la plaza tapizada de basura,
un soplo del cielo
abre senderos a los fantasmas de la noche,
que poco han logrado
y mucho han encarado de rabia
a los que asoman por delante.
Regresan en sus pasos lentos
a las casas de plástico y cartón
en algún portal bello y triste.
Las melodías no se han ido,
todavía revolotean en el viento espeso
y quedan suspendidas en la eternidad del recuerdo.
Por hoy, la plaza se cierra al jazz
y a los espectros de la noche,
niños y viejas desdentadas,
que esperan amanecer vivos
para seguir jugando a la vida
quizás en alguna noche de miel