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alexvo022

Poeta recién llegado
Tarde en la noche, salió del casino,
cabizbajo, sin un peso en los bolsillos.
Todas las ilusiones rotas, todas.

Caminó por las calles oscuras y menos concurridas.
El frío de la noche no era comparable con el que expedía su cuerpo.
"Maldita sea mi suerte", pensaba.
"Maldito destino, ¿por qué tuve que encontrarte
en el camino, juego cochino?"

Al llegar a casa, no pronunció palabra alguna.
Abrió la puerta, subió a su cuarto,
contempló la soga que días antes había puesto.
Pensó: "¿Acaso será mi última noche...? Mi última."

Acercó una silla, subió en ella, rodeó su cabeza con la soga
y la sintió de terciopelo, tan suave, tan infinitamente suave,
que supo que esa sería la noche.

Miró al techo, cerró los ojos y gritó fuertemente:
"Dios mío, ¿por qué nunca me has escuchado?"

Después, un silencio de muerte invadió la habitación,
solo interrumpido por los chillidos de su perro,
que intentaba decir:
"¿Y yo qué? ¿Quién me alimentará?
¿Quién me bañará? ¿Quién me sacará a mear?
¿Quién, quién sobará mi panza en las noches de quietud?"

Entonces, soltó la soga, bajó de la silla,
abrazó a su perro y dio gracias a Dios.
 
Última edición:
Al igual que en los anteriores la falta de acentos y signos admirativos convierten en prosa tu buen relato, bastante original por cierto.

Tienes buenas ideas pero no consigues presentarlas líricamente...::barf::

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Tarde en la noche, salió del casino,
cabizbajo, sin un peso en los bolsillos.
Todas las ilusiones rotas, todas.

Caminó por las calles oscuras y menos concurridas.
El frío de la noche no era comparable con el que expedía su cuerpo.
"Maldita sea mi suerte", pensaba.
"Maldito destino, ¿por qué tuve que encontrarte
en el camino, juego cochino?"

Al llegar a casa, no pronunció palabra alguna.
Abrió la puerta, subió a su cuarto,
contempló la soga que días antes había puesto.
Pensó: "¿Acaso será mi última noche...? Mi última."

Acercó una silla, subió en ella, rodeó su cabeza con la soga
y la sintió de terciopelo, tan suave, tan infinitamente suave,
que supo que esa sería la noche.

Miró al techo, cerró los ojos y gritó fuertemente:
"Dios mío, ¿por qué nunca me has escuchado?"

Después, un silencio de muerte invadió la habitación,
solo interrumpido por los chillidos de su perro,
que intentaba decir:
"¿Y yo qué? ¿Quién me alimentará?
¿Quién me bañará? ¿Quién me sacará a mear?
¿Quién, quién sobará mi panza en las noches de quietud?"

Entonces, soltó la soga, bajó de la silla,
abrazó a su perro y dio gracias a Dios.
 

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