mariano dupont
Poeta fiel al portal
KUBI
Kubi era un Homo Erectus de un lugar que no era África porque África todavia en ningún mapa existía.
Pero él no lo sabia y jamás lo sabría.
Y tampoco sabía ni lo podía concebir que para sus descendientes mas lejanos existió hace cuatro mil siglos porque él vivía su presente y el tema del tiempo poco lo desvelaba y es difícil saber cuanto le interesaba y cuanto lo entendía.
Lo que lo intrigaba sobremanera y lo sobrecogía era el fuego que surgía de los cráteres de los volcanes, y lo obsesionaban hasta el delirio las incontrolables llamaradas de los incendios de las praderas.
Aparte de la inmensa conmoción emocional que producía en su espíritu la fascinada contemplación de las inflamadas llanuras, para Kubi el fuego era reverencia , era misterio, y era obsesión.
Kubi era un niño al que el miedo no lo paralizaba ni lo detenia y por el contrario lo motivaba y aceleraba su imaginación.
Su audacia y sus ocurrencias y agudeza nunca fueron apreciadas por los brujos de su tribu.
Para muy pocos de sus congéneres sus inquietudes eran asequibles y mucho menos aun, podían imaginar ni remotamente su significado potencial.
Kubi observaba muy desde lejos el gran fuego que había surgido hacia muchos soles y no se extinguía.
Miraba las llamas con el mismo terror y aprensión que las miraban todos los animales, incluyendo a los primates de su especie.
...¡Pero con mucha mayor curiosidad que cualquiera de ellos!...
La visión del fuego le producía espasmos y un sentir muy profundo.
Por algo huían seres como el mamut y el tigre diente de sable, siendo tan poderosos.
Tenia Kubi miedo y respeto reverencial, pero en todo su cuerpo, en sus venas y en el brillo de sus ojos se expresaban con mas fuerza que el miedo, su imaginación y su muy excepcional actitud y aptitud que lo impulsaban de una manera visionaria y compulsiva a interferir en la realidad de su mundo.
Enfrentó el niño homínido sus temblores con vergüenza y sintió como una fuerza que lo impulsaba como en un sueño fantástico y que jamás había sentido.
Tuvo el deseo irrefrenable de dominar el fuego, asirlo, controlarlo.
Quería ser el primero en tenerlo...¡quería tener el espíritu de Dios!...
Cada vez que pensaba en las llamas se sonrojaba, sus músculos se tensaban, sus pómulos se elevaban, su respiración era un viento y sus ojos brillaban como el propio fuego.
Deseaba una cosa inasible, llena de fuerza. Pero de todas maneras el se habia propuesto conquistarla.
El joven Homo Erectus se dispuso aprovechar la oportunidad y se encomendó a los espíritus de sus ancestros, que él había enterrado en sus tumbas.
En un instante de misterio inexplicable levanto el niño peludo sus ojos a las nubes y exultante arrojo un fémur al cielo, que giraba como una profecia.
...y contempló la Luna...y contempló las estrellas...
Todo fue presente y pasado, todo fue tiempo y espacio, todo fue eternidad.
Había en sus labios una extraña sonrisa mas poderosa que la propia realidad.
Y en un momento irrepetible, único, corrió hacia el borde de las llamas que lo horrorizaban, con los pies cubiertos de cuero...
...y con una bella piedra cóncava exquisitamente pulida, que cuatrocientos mil años despues llamarian por su nombre los antropologos, extrajo las brasas que eran el afán de sus desvelos.
Quedó el niño homínido toda la noche alimentando el fuego con ramas olorosas como las del incienso y las del pino acre, y con madera del álamo y del enhiesto abedul.
El homínido no se movía en su místico éxtasis y el fuego estaba domesticado.
El clan entero estaba inmóvil y rodeaba al nuevo chamán que les enseñaba a expresar con sonidos las emociones y a ponerle nombre al pájaro y a la Luna.
Tendría la tribu su hogar y los durísimos alimentos se podrían cocinar. Y al calor de las llamas pdrían contarse las leyendas mas audaces...del tigre y del león...del lobo y de la hiena...
De los espiritus y de los dioses, de la muerte y del amor.
Y posiblemente al calor de los leños, entre los glaciares y ventiscas del pleistoceno hayan surgido en alguna cueva entibiada por el intimo fuego los primeros balbuceos instintivos del poema de amor.
Cuando apareció el Sol la historia de la humanidad había
cambiado.
Flotan en primitivos rituales de vida, de sangre y de muerte las llamas de las teas en las noches serenas.
Solo se retiran los ancestrales brujos con el canto del pájaro.
...¡Llega el Sol!...
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Kubi era un Homo Erectus de un lugar que no era África porque África todavia en ningún mapa existía.
Pero él no lo sabia y jamás lo sabría.
Y tampoco sabía ni lo podía concebir que para sus descendientes mas lejanos existió hace cuatro mil siglos porque él vivía su presente y el tema del tiempo poco lo desvelaba y es difícil saber cuanto le interesaba y cuanto lo entendía.
Lo que lo intrigaba sobremanera y lo sobrecogía era el fuego que surgía de los cráteres de los volcanes, y lo obsesionaban hasta el delirio las incontrolables llamaradas de los incendios de las praderas.
Aparte de la inmensa conmoción emocional que producía en su espíritu la fascinada contemplación de las inflamadas llanuras, para Kubi el fuego era reverencia , era misterio, y era obsesión.
Kubi era un niño al que el miedo no lo paralizaba ni lo detenia y por el contrario lo motivaba y aceleraba su imaginación.
Su audacia y sus ocurrencias y agudeza nunca fueron apreciadas por los brujos de su tribu.
Para muy pocos de sus congéneres sus inquietudes eran asequibles y mucho menos aun, podían imaginar ni remotamente su significado potencial.
Kubi observaba muy desde lejos el gran fuego que había surgido hacia muchos soles y no se extinguía.
Miraba las llamas con el mismo terror y aprensión que las miraban todos los animales, incluyendo a los primates de su especie.
...¡Pero con mucha mayor curiosidad que cualquiera de ellos!...
La visión del fuego le producía espasmos y un sentir muy profundo.
Por algo huían seres como el mamut y el tigre diente de sable, siendo tan poderosos.
Tenia Kubi miedo y respeto reverencial, pero en todo su cuerpo, en sus venas y en el brillo de sus ojos se expresaban con mas fuerza que el miedo, su imaginación y su muy excepcional actitud y aptitud que lo impulsaban de una manera visionaria y compulsiva a interferir en la realidad de su mundo.
Enfrentó el niño homínido sus temblores con vergüenza y sintió como una fuerza que lo impulsaba como en un sueño fantástico y que jamás había sentido.
Tuvo el deseo irrefrenable de dominar el fuego, asirlo, controlarlo.
Quería ser el primero en tenerlo...¡quería tener el espíritu de Dios!...
Cada vez que pensaba en las llamas se sonrojaba, sus músculos se tensaban, sus pómulos se elevaban, su respiración era un viento y sus ojos brillaban como el propio fuego.
Deseaba una cosa inasible, llena de fuerza. Pero de todas maneras el se habia propuesto conquistarla.
El joven Homo Erectus se dispuso aprovechar la oportunidad y se encomendó a los espíritus de sus ancestros, que él había enterrado en sus tumbas.
En un instante de misterio inexplicable levanto el niño peludo sus ojos a las nubes y exultante arrojo un fémur al cielo, que giraba como una profecia.
...y contempló la Luna...y contempló las estrellas...
Todo fue presente y pasado, todo fue tiempo y espacio, todo fue eternidad.
Había en sus labios una extraña sonrisa mas poderosa que la propia realidad.
Y en un momento irrepetible, único, corrió hacia el borde de las llamas que lo horrorizaban, con los pies cubiertos de cuero...
...y con una bella piedra cóncava exquisitamente pulida, que cuatrocientos mil años despues llamarian por su nombre los antropologos, extrajo las brasas que eran el afán de sus desvelos.
Quedó el niño homínido toda la noche alimentando el fuego con ramas olorosas como las del incienso y las del pino acre, y con madera del álamo y del enhiesto abedul.
El homínido no se movía en su místico éxtasis y el fuego estaba domesticado.
El clan entero estaba inmóvil y rodeaba al nuevo chamán que les enseñaba a expresar con sonidos las emociones y a ponerle nombre al pájaro y a la Luna.
Tendría la tribu su hogar y los durísimos alimentos se podrían cocinar. Y al calor de las llamas pdrían contarse las leyendas mas audaces...del tigre y del león...del lobo y de la hiena...
De los espiritus y de los dioses, de la muerte y del amor.
Y posiblemente al calor de los leños, entre los glaciares y ventiscas del pleistoceno hayan surgido en alguna cueva entibiada por el intimo fuego los primeros balbuceos instintivos del poema de amor.
Cuando apareció el Sol la historia de la humanidad había
cambiado.
Flotan en primitivos rituales de vida, de sangre y de muerte las llamas de las teas en las noches serenas.
Solo se retiran los ancestrales brujos con el canto del pájaro.
...¡Llega el Sol!...
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