• MundoPoesía se ha renovado! Nuevo diseño y nuevas funciones. Ver cambios

La agonía de una jornada

Monje Mont

Poeta reconocido en el portal
La agonía de una jornada


Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.


Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.

Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.

Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.


Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.


Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.


Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.


Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.


Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.


Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.


Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.


Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío

Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.

Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
 
Última edición:
La agonía de una jornada


Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.


Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.

Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.

Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.


Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.


Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después se hace anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.


Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.


Y aunque los nombres erran al blanco
del muro, a sus distancias y miedos,
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.


Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.


Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.


Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.


Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío

Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.

Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
En ese bar, o mientes para atraer a otros fantasmas o te ahogas en la única verdad de otro trago.
Un abrazo, Monje.
 
La noche y el alcohol nos ahogan y liberan de los malditos recuerdos, sexo casual sin nombres, solo humedad, nos envuelven en la fantasía del amor, 1 hora de "felicidad" que al despertar pagaremos muy caro. Vida, la simple droga de 7na humanidad que rompe sentimientos. Impresionante, profunda y muy certero poema. Me vi en ese bar como hace tiempo atrás. Felicitaciones Monje Mont por su maravillosa poesía, saludos Daniel
 
Como discurre el pensamiento en esas horas quietas de la tarde, allí donde se va
recapitulando toda una vida en pequeños fragmentos que en el mejor de los casos,
como es el tuyo, terminan dando vida a un emotivo y reflexivo poema. Gracias por
regalarnos este momento mágico de tus letras mi querido Monje. Besitos cariñosos
apretados en tus mejillas.
 
La agonía de una jornada


Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.


Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.

Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.

Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.


Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.


Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.


Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.


Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.


Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.


Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.


Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.


Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío

Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.

Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
Y nos llevas por ese sendero reflexivo, ataviado por las válvulas de una carrera contra el bagaje del día, que acumula los anteriores.
La imagen de este poema que nos compartes plasma esos codos apoyados con un sólo deseo; un inhibidor que por algunas horas desalojará los hombros de faena y algo más.
Y finalmente tras el cierre de caja, en un ciclo que se abre para el siguiente día
Fue muy grato leerte de nuevo Monje Mont.
Un abrazo hasta tu orilla
Camelia
 
Un análisis profundo de la jornada de la vida en sus diferentes facetas .
Un gusto dejarte mi huellita , Monje .
Abrazo.


La agonía de una jornada


Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.


Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.

Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.

Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.


Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.


Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.


Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.


Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.


Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.


Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.


Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.


Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío

Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.

Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
 
La noche y el alcohol nos ahogan y liberan de los malditos recuerdos, sexo casual sin nombres, solo humedad, nos envuelven en la fantasía del amor, 1 hora de "felicidad" que al despertar pagaremos muy caro. Vida, la simple droga de 7na humanidad que rompe sentimientos. Impresionante, profunda y muy certero poema. Me vi en ese bar como hace tiempo atrás. Felicitaciones Monje Mont por su maravillosa poesía, saludos Daniel
Muchas gracias por tu visita y tu comentario amable y profundo que me motiva. Un poco de la vida, sí. Que estés bien amigo. Un abrazo.
 
La agonía de una jornada


Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.


Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.

Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.

Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.


Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.


Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.


Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.


Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.


Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.


Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.


Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.


Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío

Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.

Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
Buenas noches
Hermosas y tristes letras pones a mí alcance
Gracias
un saludo
 
Como discurre el pensamiento en esas horas quietas de la tarde, allí donde se va
recapitulando toda una vida en pequeños fragmentos que en el mejor de los casos,
como es el tuyo, terminan dando vida a un emotivo y reflexivo poema. Gracias por
regalarnos este momento mágico de tus letras mi querido Monje. Besitos cariñosos
apretados en tus mejillas.
Te agradezco mucho estimada poeta que pases por mis letras y dejes testimonio amable de tu lectura profunda. Siempre motivan tus palabras. Que estés bien. Un abrazo.
 
Y nos llevas por ese sendero reflexivo, ataviado por las válvulas de una carrera contra el bagaje del día, que acumula los anteriores.
La imagen de este poema que nos compartes plasma esos codos apoyados con un sólo deseo; un inhibidor que por algunas horas desalojará los hombros de faena y algo más.
Y finalmente tras el cierre de caja, en un ciclo que se abre para el siguiente día
Fue muy grato leerte de nuevo Monje Mont.
Un abrazo hasta tu orilla
Camelia

Muchas gracias estimada poeta por tu paso y tu amable comentario. Un lujo encontrar tu profunda huella. Me alegra saber que estás bien y encontrarte de nuevo en mis escritos. Con respeto y admiración, un abrazo.
 
La agonía de una jornada


Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.


Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.

Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.

Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.


Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.


Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.


Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.


Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.


Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.


Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.


Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.


Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío

Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.

Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
Gracias por compartir su obra, tengo que releerlo, contiene las perspectivas necesarias para analizar otras idiosincracias inclusive. Feliz semana, DESIRE
 
[QUOTE="Monje Mont, post: 7002965, member: 32455"]afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.[/QUOTE]
Me gustó pasar a leerte, Monje. Siempre se sale con una ganacia y este también es el caso de estas profundas letras que reflejan momentos que no son nada fáciles. Saludos y abrazo, amigo.
 
[QUOTE="Monje Mont, post: 7002965, member: 32455"]afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.
Me gustó pasar a leerte, Monje. Siempre se sale con una ganacia y este también es el caso de estas profundas letras que reflejan momentos que no son nada fáciles. Saludos y abrazo, amigo. [/QUOTE]
Gracias poeta por pasar y dejar tu huella siempre amable y motivadora. Que estés bien. Un abrazo.
 
La agonía de una jornada


Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.


Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.

Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.

Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.


Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.


Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.


Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.


Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.


Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.


Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.


Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.


Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío

Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.

Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.


Me encanta como las luces de ese día que se apaga, se fusionan en tus versos con el mundo interior del individuo que navega la noche y todas las circunstancias que ella acarrea.
Esta obra podría haber sido también una prosa excelente, porque la historia es profunda y tu vocabulario es impecable.
Me alegra mucho haber conocido tu trabajo.
Un abrazo y muchas gracias por acercarte a mi poesía.
 
Me encanta como las luces de ese día que se apaga, se fusionan en tus versos con el mundo interior del individuo que navega la noche y todas las circunstancias que ella acarrea.
Esta obra podría haber sido también una prosa excelente, porque la historia es profunda y tu vocabulario es impecable.
Me alegra mucho haber conocido tu trabajo.
Un abrazo y muchas gracias por acercarte a mi poesía.
Muchas gracias por tu lectura profunda y tu comentario amable y motivador. Un lujo contar con tu apoyo. Que estés bien estimada poeta. Un abrazo.
 
Ayuda Usuarios

You haven't joined any salas.

You haven't joined any salas.
Atrás
Arriba