Monje Mont
Poeta reconocido en el portal
La agonía de una jornada
Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.
Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.
Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.
Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.
Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.
Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.
Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.
Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.
Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.
Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.
Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.
Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío
Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.
Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
Cae la tarde. Desde muy temprano
cae como una página al viento, acosando letras,
relatando miedos –quizás ajenos, quizás propios.
Sólo quiere estampar en los muros lo que va quedando…,
los restos que ha dejado hoy, la jornada.
Sólo quiere escribir el final feliz. Transcribir la inocencia,
de cuando creaba en sus mundos: “y vivieron juntos por siempre”.
Pero se oscurecen sus códigos y surgen las sombras,
esos oscuros grafitis del “ser o no ser”,
“del ayer y del hoy y quizás del mañana”.
Sólo quiere establecer diferencias
entre la muerte y la vida, y entre los muros y los campos abiertos,
con las diversas tonalidades del gris más profundo.
Con la fatiga de todos los mundos memorables a cuestas,
y la fatiga que la suma de los burdos territorios, provoca,
va atiborrando los renglones de autobuses y rostros
que transan la infección del fracaso con aquellos que miran;
y también de las esperanzas esquivas, que como pequeños destellos
–ese inusual entrecruce de anhelos– genera.
Pero la tarde muere primero y se hace muralla,
después anochece.
Y los nuevos aspirantes al sueño que va quedando vacante,
dilatan su agonía de parada en parada hasta el final del camino,
con la leve certeza de llegar a salvo a su féretro.
Y apunta a la sien del pobre, desde la baraja de puertas
que se despliegan al frente
y desde los conjuros que intentan sellarlas,
un nombre abstruso, una firma posible a su arte en el muro.
Y aunque los nombres erran al blanco
enclavado en el muro, de sus distancias y miedos
afloran las tildes para acentuar la rutina,
como fragmentos de roca que conforman barreras,
que solemos servir a la mesa.
Luego la noche define a un hombre en un bar,
porque el hombre es tarde, al que se le ha hecho tarde.
Y reflexiona sobre su propio desarme, sobre los caminos
que siempre transita y sobre el amor de ida y regreso.
Quizás en tren subterráneo salvaría las horas
que el amor necesita para sus propias coartadas.
Podría entonces, declamar las metáforas
de genios oriundos de la mejor botella,
para que “casa” sea sinónimo de hogar y leña.
Pero en ese bar se atavían con nieve en pleno verano
y el afecto es sólo un plus que se cobra en la cuenta.
Allí arrecian los dolores comunes,
de las mujeres que ceden el número sin una voz propia,
y de los hombres que anotan con sinceridad sus propias mentiras.
Allí, cualquiera se adueña de Dios
en las miradas que lo llaman hermano,
sin mencionar en sus falacias: frío
Allí se inventan las estrellas de diverso tamaño,
a pesar de la soledad que intenta apagarlas.
Y a la hora en punto, cuando se clausura el sueño,
y la piel de pesares colmada se expone a la aurora
sin disimular sus miedos,
el hombre especula otra babosada inédita.
Y el bar que cierra sus puertas, dubitativo baraja
los nombres propios para las nuevas jornadas.
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