La aldea

Évano

Libre, sin dioses.
Las casas de la aldea emanaban el aire tenebroso de los tiempos del medievo. Derruidas algunas, otras recorridas y encerradas por hiedras de diabólico verde, entre callejuelas empedradas que serpenteaban en el laberinto de subidas y bajadas infernales que partían del centro de la plaza de la iglesia, donde la luna incidía en la veleta de un cristo de madera, colocado en la cumbre de un campanario curvado y a punto de ceder al tiempo sin misas. Las escasas farolas, recubiertas de un polvo putrefacto, vomitaban luces amarillentas que a penas lograban iluminar los cantos rodados de un suelo carcomido por musgos y líquenes infernales.

Imposible recordar cómo llegó a ese remoto y angosto valle. Inútil gritar "¿hay alguien por ahí?" para recibir en eco aterrorizador a esa misma pregunta, quizá devuelta por voces encerradas en cada piedra que conforman esta aldea maldita. Espeluznante el mirar a esa ventana abierta donde la oscuridad del averno surge de ella, donde el vaho helado de sus adentros enrojece al mezclarse con las luces vomitivas de la esquina.

Huele a muerto, como si todos los muertos del mundo estuviesen enterrados en estas montañas; y ese olor adentra en los pulmones y pudre, como si transportara la mismísima peste negra que aniquiló a tantos pueblos, y entra mezclada con el sabor al lodo de las hojas descompuestas.

El cuello, horrorizado, se niega a girar para comprobar las sombras que se esconden tras sus pasos, observándolo, escuchando el soliloquio de los golpes de un andar que sabe que camina hasta su tumba. Hubiera preferido la oscuridad que otorga el pozo del abismo antes que esos haces de luces de amarillos de difuntos, es como si lo transportaran a los subterráneos del mismísimo Tártaro.

No puede volver para atrás, las sombras van guardando las puertas de escapada del laberinto, sus callejuelas dejadas. Los pasos que ha dado no podrá desandarlos. La siluetas deformes lo obligan a aceptar que su única salida es la plaza de la iglesia, la escalera de caracol que sube a la cilíndrica torre que alberga el campanario, donde ahora se halla, tiritándole hasta el esqueleto, con los ojos que salen de sus cuencas y cada célula de su cuerpo temblando ante la visión de las cientos de sombras que esperan abajo; tirita hasta su alma de pavor ante ese Cristo que ahora ve de cerca, crucificado bocabajo, en una veleta que es la mismísima insignia de Satán. No lo volveré a hacer, grita como loco, como un poseso demoníaco, sin pensar que las sombras infernales saben perfectamente que jamás lo volverá a hacer.

Suben por la escalera de caracol. Ha de decidir, pero le será imposible contener a su cuerpo, que irremediablemente preferirá un millón de veces caer desde el campanario y romperse todos los huesos antes de que esas sombras vomitadas de los reinos del averno le alcancen. Querrá estar muerto antes de que eso ocurra. A esas oscuridades le brillan los ojos en rojos de sangre mientras muestran unos dientes y dedos afilados como cuchillos y alaridos de voces atrapadas en ellos rompen los tímpanos y el corazón del que los escucha. No, no podrá contener a su cuerpo y se arrojará al vacío; lo recogerán las sombras y lo llevarán al altar de la iglesia, donde será devorado por los niños del infierno, en esta noche de luna llena, en esta maldita aldea remota y alejada de todo rincón humano.

No, este ya no lo volverá a hacer, no volverá a contactar nunca más con los niños. Este pedófilo no lo volverá a hacer más.

 
Évano;4547656 dijo:
Las casas de la aldea emanaban el aire tenebroso de los tiempos del medievo. Derruidas algunas, otras recorridas y encerradas por hiedras de diabólico verde, entre callejuelas empedradas que serpenteaban en el laberinto de subidas y bajadas infernales que partían del centro de la plaza de la iglesia, donde la luna incidía en la veleta de un cristo de madera, colocado en la cumbre de un campanario curvado y a punto de ceder al tiempo sin misas. Las escasas farolas, recubiertas de un polvo putrefacto, vomitaban luces amarillentas que a penas lograban iluminar los cantos rodados de un suelo carcomido por musgos y líquenes infernales.

Imposible recordar cómo llegó a ese remoto y angosto valle. Inútil gritar "¿hay alguien por ahí?" para recibir en eco que aterroriza a esa misma pregunta, quizá devuelta por voces encerradas en cada piedra que conforman esta aldea maldita. Espeluznante el mirar a esa ventana abierta donde la oscuridad del averno surge de ella, dónde el vaho helado de sus adentros enrojece al mezclarse con las luces vomitivas de la esquina. H

Huele a muerto, como si todos los muertos del mundo estuviesen enterrados en estas montañas; y ese olor adentra en los pulmones y pudre, como si transportara la mismísima peste negra que aniquiló a tantos pueblos, y entra mezclada con el sabor al lodo de las hojas descompuestas.

El cuello, aterrorizado, se niega a girar para comprobar las sombras que se esconden tras sus pasos, observándolo, escuchando el soliloquio de los golpes de un andar que sabe que camina hasta su tumba. Hubiera preferido la oscuridad que otorga el pozo del abismo antes que esos haces de luces de amarillos de difuntos, es como si lo transportaran a los subterráneos del mismísimo Tártaro.

No puede volver para atrás, las sombras van guardando las puertas de escapada del laberinto, sus callejuelas dejadas. Los pasos que ha dado no podrá desandarlos. La siluetas deformes lo obligan a aceptar que su única salida es la plaza de la iglesia, la escalera de caracol que sube a la cilíndrica torre que alberga el campanario, donde ahora se halla, tiritándole hasta el esqueleto, con los ojos que salen de sus cuencas y cada célula de su cuerpo tiembla ante la visión de las cientos de sombras que esperan abajo; tiembla ante ese Cristo que ahora ve de cerca, crucificado bocabajo, en una veleta que es la insignia de Satán. No lo volveré a hacer, grita como loco, como un poseso demoníaco, sin pensar que las sombras infernales saben perfectamente que jamás lo volverá a hacer.

Suben por la escalera de caracol. Ha de decidir, pero le será imposible contener a su cuerpo, que irremediablemente preferirá un millón de veces caer desde el campanario y romperse todos los huesos antes de que esas sombras deformes le alcancen. Querrá estar muerto antes de que eso ocurra. A esas oscuridades le brillan los ojos en rojos de sangre mientras muestran unos dientes y dedos afilados como cuchillos y alaridos de voces atrapadas en ellos rompen los tímpanos y el corazón del que los escucha. No, no podrá contener a su cuerpo y se arrojará al vacío, lo recogerán las sombras y lo llevarán al altar de la iglesia, donde será devorado por los niños del infierno, en esta noche de luna llena, en esta maldita aldea remota y lejana.

No, este ya no lo volverá a hacer, no volverá a contactar nunca más con los niños. Este pedófilo no lo volverá a hacer más.

que fuerte sin palabras, a veces solo queda esa imagen y mucha rabia e impotencia, besos
 
Interesante prosa estimado poeta.
Su prosa huele a naturalismo Francés, callejones podridos, olor a muerte, gritos etc. Excelente sintáxis y riqueza de lenguaje. Felicidades. Saludos...
 
Muy buen trabajo, súper interesante y un final de altura, me sorprendió el final la historia me llevaba, sabia que era algo horrible pero fue fabuloso el final puesto que complemento y supero todo lo demás. Un placer leerte. G.J.A.
 
dia-libro.jpg



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Muchas FELICIDADES
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Las casas de la aldea emanaban el aire tenebroso de los tiempos del medievo. Derruidas algunas, otras recorridas y encerradas por hiedras de diabólico verde, entre callejuelas empedradas que serpenteaban en el laberinto de subidas y bajadas infernales que partían del centro de la plaza de la iglesia, donde la luna incidía en la veleta de un cristo de madera, colocado en la cumbre de un campanario curvado y a punto de ceder al tiempo sin misas. Las escasas farolas, recubiertas de un polvo putrefacto, vomitaban luces amarillentas que a penas lograban iluminar los cantos rodados de un suelo carcomido por musgos y líquenes infernales.

Imposible recordar cómo llegó a ese remoto y angosto valle. Inútil gritar "¿hay alguien por ahí?" para recibir en eco aterrorizador a esa misma pregunta, quizá devuelta por voces encerradas en cada piedra que conforman esta aldea maldita. Espeluznante el mirar a esa ventana abierta donde la oscuridad del averno surge de ella, donde el vaho helado de sus adentros enrojece al mezclarse con las luces vomitivas de la esquina.

Huele a muerto, como si todos los muertos del mundo estuviesen enterrados en estas montañas; y ese olor adentra en los pulmones y pudre, como si transportara la mismísima peste negra que aniquiló a tantos pueblos, y entra mezclada con el sabor al lodo de las hojas descompuestas.

El cuello, horrorizado, se niega a girar para comprobar las sombras que se esconden tras sus pasos, observándolo, escuchando el soliloquio de los golpes de un andar que sabe que camina hasta su tumba. Hubiera preferido la oscuridad que otorga el pozo del abismo antes que esos haces de luces de amarillos de difuntos, es como si lo transportaran a los subterráneos del mismísimo Tártaro.

No puede volver para atrás, las sombras van guardando las puertas de escapada del laberinto, sus callejuelas dejadas. Los pasos que ha dado no podrá desandarlos. La siluetas deformes lo obligan a aceptar que su única salida es la plaza de la iglesia, la escalera de caracol que sube a la cilíndrica torre que alberga el campanario, donde ahora se halla, tiritándole hasta el esqueleto, con los ojos que salen de sus cuencas y cada célula de su cuerpo temblando ante la visión de las cientos de sombras que esperan abajo; tirita hasta su alma de pavor ante ese Cristo que ahora ve de cerca, crucificado bocabajo, en una veleta que es la mismísima insignia de Satán. No lo volveré a hacer, grita como loco, como un poseso demoníaco, sin pensar que las sombras infernales saben perfectamente que jamás lo volverá a hacer.

Suben por la escalera de caracol. Ha de decidir, pero le será imposible contener a su cuerpo, que irremediablemente preferirá un millón de veces caer desde el campanario y romperse todos los huesos antes de que esas sombras vomitadas de los reinos del averno le alcancen. Querrá estar muerto antes de que eso ocurra. A esas oscuridades le brillan los ojos en rojos de sangre mientras muestran unos dientes y dedos afilados como cuchillos y alaridos de voces atrapadas en ellos rompen los tímpanos y el corazón del que los escucha. No, no podrá contener a su cuerpo y se arrojará al vacío; lo recogerán las sombras y lo llevarán al altar de la iglesia, donde será devorado por los niños del infierno, en esta noche de luna llena, en esta maldita aldea remota y alejada de todo rincón humano.

No, este ya no lo volverá a hacer, no volverá a contactar nunca más con los niños. Este pedófilo no lo volverá a hacer más.
Un final sorprendente en esa historia de tintes casi sagrados.
saludos de luzyabsenta
 

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