La Corporación
Poeta veterano
Desde el Frenopático Evaristo Corumelo
El premio de aquel amañado concurso
consistía en un viaje a Singapur:
gastos pagados, fiestas, orgías, lujo.
Lo extraño es que sólo ganaban varones consagrados
que además de presentar un poema inédito
debían mostrar su herramienta al peso, vía internet,
al rey midas de la electrónica digital.
Pronto me llegó un boleto de AirSingapur y comentarios
en las mejores revistas literarias sobre mi fabuloso poema:
"los aromas del pozo negro",
también la embajadora de Singapur a felicitarme
y al grito de gambei, gambei se metía un cuarto de ron
y la mitad de mi carajo por todos los orificios asiáticos,
con pícara sonrisa asiática.
No paré de fornicar por los aposentos del gigantesco Airbus 600
hasta el aterrizaje, hasta ver saciada el hambre de las seiscientas azafatas
y el comandante en celo;
Carpe Diem, Carpe Diem, tekila "La diosa de techotitlan".
Una limusina me llevó al palacio de aquel sultán chino,
dormí la borrachera y al día siguiente me recibió un anfitrión
con sonrisa china, culto, amante de la poesía y las artes
-Por aquí han pasado grandes poetas de grandes carajos, me dijo.
Una tarde visitamos la sala de los poetas:
contaba con multitud de botellas bellamenta adornadas,
vergas en formol se alineaban en curiosa lírica;
debajo de ellas siempre una leyenda:
Austropos Estrechnovic,
poeta rumano
nacido en la puta miseria,
hoy dueño de cinco petroleras.
Pérez,
poeta español de posguerra a punto de ser fusilado,
por maricón,
hoy sultán de Marbella.
José Villa
poeta masturbatorio y masticador de peyote
inspirador del nuevo romanticismo,
dueño de 12 estados de México.
Y así hasta 248 poetas reconocidos.
Me repugnó la idea,
¿cómo alguien puede vender su arte así?
El sultán me dijo que ninguno de ellos
volvió nunca a escribir un verso,
en eso consistía la belleza de lo efímero.
Estuvimos cenando,
bebimos mucho, mucho vino de arroz,
un lujo detalles que nunca contaré.
Han pasado tres años desde entonces,
soy dueño de la mayor parte de Manhattan.
elPrior
El premio de aquel amañado concurso
consistía en un viaje a Singapur:
gastos pagados, fiestas, orgías, lujo.
Lo extraño es que sólo ganaban varones consagrados
que además de presentar un poema inédito
debían mostrar su herramienta al peso, vía internet,
al rey midas de la electrónica digital.
Pronto me llegó un boleto de AirSingapur y comentarios
en las mejores revistas literarias sobre mi fabuloso poema:
"los aromas del pozo negro",
también la embajadora de Singapur a felicitarme
y al grito de gambei, gambei se metía un cuarto de ron
y la mitad de mi carajo por todos los orificios asiáticos,
con pícara sonrisa asiática.
No paré de fornicar por los aposentos del gigantesco Airbus 600
hasta el aterrizaje, hasta ver saciada el hambre de las seiscientas azafatas
y el comandante en celo;
Carpe Diem, Carpe Diem, tekila "La diosa de techotitlan".
Una limusina me llevó al palacio de aquel sultán chino,
dormí la borrachera y al día siguiente me recibió un anfitrión
con sonrisa china, culto, amante de la poesía y las artes
-Por aquí han pasado grandes poetas de grandes carajos, me dijo.
Una tarde visitamos la sala de los poetas:
contaba con multitud de botellas bellamenta adornadas,
vergas en formol se alineaban en curiosa lírica;
debajo de ellas siempre una leyenda:
Austropos Estrechnovic,
poeta rumano
nacido en la puta miseria,
hoy dueño de cinco petroleras.
Pérez,
poeta español de posguerra a punto de ser fusilado,
por maricón,
hoy sultán de Marbella.
José Villa
poeta masturbatorio y masticador de peyote
inspirador del nuevo romanticismo,
dueño de 12 estados de México.
Y así hasta 248 poetas reconocidos.
Me repugnó la idea,
¿cómo alguien puede vender su arte así?
El sultán me dijo que ninguno de ellos
volvió nunca a escribir un verso,
en eso consistía la belleza de lo efímero.
Estuvimos cenando,
bebimos mucho, mucho vino de arroz,
un lujo detalles que nunca contaré.
Han pasado tres años desde entonces,
soy dueño de la mayor parte de Manhattan.
elPrior
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