kalkbadan
Poeta que considera el portal su segunda casa
LA BICICLETA ROJA
Su agenda diaria
la gestionará un chip que se encuentra alojado
en una región ignota de su cerebro.
Este chip reiniciará un idéntico procedimiento de tareas
cada mañana y a la misma hora,
así todos los años de su vida.
¡Déjese llevar!, no se preocupe, y no se arriesgue a pensar:
es peligroso,
y si así lo hiciera no nos haremos cargo
de sus efectos secundarios...
Estaba seguro de haber leído lo anterior en una especie de prospecto
remitido a mi nombre por una persona conocida,
sin embargo,
no recordaba ya ni quién
ni cuándo se me había entregado el dichoso recetario.
Pero aquel papel lo tuve yo entre mis manos,
y siempre supe que algo importante había firmado ante un notario,
un notario pesimista (y persuasivo), calvo de futuro y de gris aliento.
El hecho trascendente es que esta semana,
al fin, lo he comprendido todo,
maldita sea,
después de tanto tiempo sin alzar la vista al cielo.
Quizá por ello el lunes pasado me tropecé al salir del portal
contra la rueda de una bicicleta que se encontraba encadenada a un árbol.
Se trataba de una bicicleta plegable, lacada de rojo,
novísima, y que me hizo recordar a la que tuvo mi padre de niño,
y con la que 30 años más tarde se iba a trabajar
ante la perplejidad de mis amigos,
que al verlo pedalear forzando sus rodillas contra el pecho
me preguntaban si ese hombre que se jugaba el tipo entre los coches
era mi padre,
a lo que yo les contestaba tajantemente que no,
que a ese señor yo no lo conocía de nada.
Aquella imagen me hizo sonreír ampliamente,
como hacía tiempo,
pero me sorprendí censurando patéticamente mi propio recuerdo
por la línea programada para ese puto instante.
Esa noche soñé con la bicicleta… y con mi padre,
y en cómo se nos escapa la vida
caminando abatidos por los pasillos de nuestro estrecho invernadero.
A la mañana siguiente
me encontré a la bicicleta sin una de sus ruedas,
ya el miércoles le faltaba el sillín y el manillar,
y el jueves reposaba sobre el charco del alcorque
una rueda solitaria abrazada a una cadena.
Todo, absolutamente todo, era una gran mentira.
Fui consciente de cómo mi vida se había encadenado
poco a poco a los postulados del poderoso rebaño.
Fui consciente de que estaba hasta los cojones
de tanto malgastar primaveras,
y dije basta.
Ahora,
aunque a ratos discuto amargamente con mi notario,
pedaleo con garbo aquella bicicleta roja cada mañana
mientras recito poemas
y saludo a la gente
que se gira al verme pasar.
Kalkbadan
En Madrid a 13 de junio de 2016
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