esthergranados
Poeta adicto al portal
Carlos apuntaba con la pistola su figura uniformada. Un disparo lo separaba de la felicidad; un disparo y se acabaría para siempre esa farsa descabellada.
- ¡Elisa, ven!
Su grito la sobresaltó; estaba distraída y cansada después de despedir a los últimos invitados. Lo miró con extrañeza desde el otro extremo del salón y caminó hacia él. Parecía una princesa con su vestido blanco moviéndose suavemente al ritmo de sus pasos.
A medida que se acercaba, la sonrisa que dibujaba su rostro se iba convirtiendo en un gesto de extrañeza, y miró, con una mezcla de estupor y miedo, la escena que tenía delante de sus ojos: él estaba enfrente de Carlos con las manos atadas a la espalda y un pañuelo tapándole la boca, los ojos aterrorizados y el sudor resbalando incesante por su frente.
- ¡No lo hagas, Carlos, por Dios, no lo hagas! ¿ Qué está pasando aquí? ¿Es una broma?
- No te quiere, Elisa, desengáñate... Yo sí... Siempre he estado enamorado de ti; siempre esperando que un día me quisieras...
- ¡Carlos, Carlos, por favor, suelta la pistola y deja que se vaya, yo me quedo contigo, te lo prometo, pero deja el arma!
- No llores, Elisa, vamos a ser muy felices juntos. No te merece, Elisa, está jugando contigo... y encima vas y te casas con él en una ceremonia absurda, con su traje de militar, alardeando de su posición. ¡ Mira tu capitán cómo suda! Ahora no parece muy valiente, no.
-Mírame, Carlos, deja que me acerque... Me voy a quedar contigo... voy a estar siempre a tu lado, pero deja que se vaya... ¿Me oyes, Carlos? Mírame, ¿me oyes?
- ¡Se acabó, Elisa! ¡Se acabó!
En ese momento apretó el gatillo y un ruido ensordecedor los enmudeció, pero solo por un instante, porque en un segundo se apagaron las luces y el público se puso en pie, aplaudiendo. La ovación era atronadora: como todas las noches desde hacía seis meses.
La sala se volvió a iluminar y los actores se cogieron de la mano. Sergio dio un paso al frente y tiró un poco de María, que permanecía inmóvil, esperando que David viniera a saludar con ellos.
Se dio la vuelta extrañada y un grito de espanto sonó en el teatro: observó incrédula, cómo la chaqueta de David se iba tiñendo de un color rojo oscuro que se extendía imparable.
Soltó la mano de Sergio justo en el momento en el que se bajaba por última vez el telón.
- ¡Elisa, ven!
Su grito la sobresaltó; estaba distraída y cansada después de despedir a los últimos invitados. Lo miró con extrañeza desde el otro extremo del salón y caminó hacia él. Parecía una princesa con su vestido blanco moviéndose suavemente al ritmo de sus pasos.
A medida que se acercaba, la sonrisa que dibujaba su rostro se iba convirtiendo en un gesto de extrañeza, y miró, con una mezcla de estupor y miedo, la escena que tenía delante de sus ojos: él estaba enfrente de Carlos con las manos atadas a la espalda y un pañuelo tapándole la boca, los ojos aterrorizados y el sudor resbalando incesante por su frente.
- ¡No lo hagas, Carlos, por Dios, no lo hagas! ¿ Qué está pasando aquí? ¿Es una broma?
- No te quiere, Elisa, desengáñate... Yo sí... Siempre he estado enamorado de ti; siempre esperando que un día me quisieras...
- ¡Carlos, Carlos, por favor, suelta la pistola y deja que se vaya, yo me quedo contigo, te lo prometo, pero deja el arma!
- No llores, Elisa, vamos a ser muy felices juntos. No te merece, Elisa, está jugando contigo... y encima vas y te casas con él en una ceremonia absurda, con su traje de militar, alardeando de su posición. ¡ Mira tu capitán cómo suda! Ahora no parece muy valiente, no.
-Mírame, Carlos, deja que me acerque... Me voy a quedar contigo... voy a estar siempre a tu lado, pero deja que se vaya... ¿Me oyes, Carlos? Mírame, ¿me oyes?
- ¡Se acabó, Elisa! ¡Se acabó!
En ese momento apretó el gatillo y un ruido ensordecedor los enmudeció, pero solo por un instante, porque en un segundo se apagaron las luces y el público se puso en pie, aplaudiendo. La ovación era atronadora: como todas las noches desde hacía seis meses.
La sala se volvió a iluminar y los actores se cogieron de la mano. Sergio dio un paso al frente y tiró un poco de María, que permanecía inmóvil, esperando que David viniera a saludar con ellos.
Se dio la vuelta extrañada y un grito de espanto sonó en el teatro: observó incrédula, cómo la chaqueta de David se iba tiñendo de un color rojo oscuro que se extendía imparable.
Soltó la mano de Sergio justo en el momento en el que se bajaba por última vez el telón.