En la bóveda serena
de lo que sostiene el día,
ya no cantan solo horas,
también callan… y me miran.
El tiempo no se deshoja,
se posa mientras camina,
y en su quietud reconozco
la raíz de cada herida.
Ya no persigo los años
ni anticipo las tardías,
dejo al momento que llegue
y en su cauce se defina,
pues todo cuanto acontece
en su justo pulso habita.
Y sin buscarlo, apareces…
no como sed que me quiebra,
sino presencia que alivia.
Mi boca ya no se enciende
con la urgencia que pedía,
sino que aprende el silencio
donde el beso se origina.
Y al acercarse tu aliento,
sin prisa y sin rebeldía,
arde una llama más honda:
la que no consume… guía.
Porque el fuego que hoy me habita
no desborda ni domina,
es calor que se conoce
y en su centro se aquilata,
como roca que, en su temple,
ya no arde… y aún cobija.
de lo que sostiene el día,
ya no cantan solo horas,
también callan… y me miran.
El tiempo no se deshoja,
se posa mientras camina,
y en su quietud reconozco
la raíz de cada herida.
Ya no persigo los años
ni anticipo las tardías,
dejo al momento que llegue
y en su cauce se defina,
pues todo cuanto acontece
en su justo pulso habita.
Y sin buscarlo, apareces…
no como sed que me quiebra,
sino presencia que alivia.
Mi boca ya no se enciende
con la urgencia que pedía,
sino que aprende el silencio
donde el beso se origina.
Y al acercarse tu aliento,
sin prisa y sin rebeldía,
arde una llama más honda:
la que no consume… guía.
Porque el fuego que hoy me habita
no desborda ni domina,
es calor que se conoce
y en su centro se aquilata,
como roca que, en su temple,
ya no arde… y aún cobija.