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Poeta que considera el portal su segunda casa

Aunque ahora tan sólo guardara monedas, botones o algún pequeño pendiente solitario. En lo más profundo de ella aún quedaban restos simbólicos de las cenizas del ayer. La vio en un bazar de Estambul y al instante se encaprichó de ella. Regateó con el mercader largo rato sin conseguir ponerse de acuerdo en el precio, cuando apareció él, con su amplia sonrisa y sus profundos ojos color azabache, mirándola con una mezcla de arrobo y admiración. Y a cambio de unas palabras que susurró al oído del vendedor y unas cuantas liras turcas, consiguió aquella preciada cajita cenicero para ella, para su amor, para su musa.
La tarde era gris, miró por la ventana y supo que enseguida iba a llover. Volvió el pasado de pronto envolviendo de confusión y humedad su alma taciturna. Abrió la cajita y le pareció ver el último cigarrillo aplastado en el fondo y el humo haciendo volutas en el aire, así como el beso muerto de él, como una colilla estrujada contra sus labios, antes de decirle adiós para siempre y disiparse como una nube de hollín, en la más siniestra penumbra de la noche.