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Poeta que considera el portal su segunda casa
Amelia miraba la pequeña caja de madera blanca con motivos florales que tenía sobre la mesa. Tenía una llavecita que en breves instantes le descubriría el secreto que tenía dentro. Antes de hacerlo evocó el pasado y éste le llevó a los años de su infancia. Recordó los veranos que pasaba en el pueblo en casa de los abuelos. Allí era libre como el viento. Se sentía feliz recorriendo las calles de la villa y bañándose en las aguas del río junto a otros niños del lugar. Le gustaba el olor del pan recién hecho por la abuela, ir al corral a dar de comer a las gallinas y recorrer todas las estancias de la casa en busca de tesoros. La caja era uno de ellos. Estaba sobre una alacena y le gustaba mirarla e imaginarse el contenido, aunque por respeto no se atrevía a tocarla. La abuela adivinando sus pensamientos le dijo que un día esa caja sería para ella.
Pasaron los años, llegaron los tiempos de ir a la Universidad y cada vez pasaba menos veranos en el pueblo y eran entonces los abuelos quienes venían a la ciudad para no perder el contacto con sus hijos y nietos.
Una lágrima de nostalgia rodaba ahora por sus mejillas al recordar aquellos tiempos felices que ya no volverían. El abuelo fue el primero que murió y hacía tan solo un mes que lo hizo la abuela. Siempre se habían querido y su amor como el vino viejo había mejorado con el tiempo, quizá por ello no pudieron sobrevivir el uno sin el otro.
Giró la llavecita y pudo por fin ver lo que tenía dentro, asió primero con los dedos el collar de perlas cultivadas que le regaló el abuelo para la boda y después desplegó el trozo de papel amarillento por el paso del tiempo y leyó su contenido: la carta de amor más maravillosa que había leído nunca que le escribió, ya siendo novios, haciendo la mili en África.
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