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La caja

Tema en 'Fantásticos, C. Ficción, terror, aventura, intriga' comenzado por danie, 17 de Octubre de 2016. Respuestas: 0 | Visitas: 591

  1. danie

    danie Poeta veterano

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    ¿Nunca pensaron que el tic-tac de los relojes, ese minutero de zigzagueo infernal es muy parecido al bombeo del corazón? En las noches, el joven Zorga lo pensaba constantemente. Al principio pensó que se acostumbraría, pero le era casi imposible acostumbrarse al incesante ruido de más de cien relojes, y ni hablar cuando se sincronizaban para dar una hora exacta, por ejemplo: la de la medianoche y sus doce campanadas. Ya es perturbador oír las doce campanadas de un reloj de péndulo, si a eso le sumamos cientos de relojes marcando las doce en punto, el hecho, de por sí, desquiciaría hasta el más cuerdo. Así el joven Zorga en las noches jamás podía conciliar el sueño, y si lo así, era solamente en escasos momentos y por no más que un par de minutos.
    Una mañana Zorga le hizo un pedido a su tío: que por favor lo deje dormir en algún lugar silencioso de la relojería. Sólo obtuvo de respuesta un sarcasmo por parte del avaro patrón.

    —¡Acaso me viste cara de benefactor!
    El único lugar silencioso es mi alcoba, y así y todo, todavía, se puede oír tenuemente el incesante sonido de los minuteros de los relojes. Y no pensaras que yo voy a compartir mi espacio con un sobrino que no conozco, que vi sólo una vez y después de 20 años cayó de sopetón en mi vida.
    Si me pides un lugar para descansar fuera de todo repiqueteo de un reloj; no lo tengo. O te acostumbras o te marchas.
    Considérate afortunado al recibir mi hospitalidad, un plato de comida al día y un catre viejo para dormir en el desván.

    Pero esa no fue la única contestación que tuvo el Joven Zorga desde que empezó a estar bajo el cuidado de su tío. Tuvo otras, muchas más, del mismo tipo o incluso peores.
    El primer día que se instaló Zorga en la casa de su tío, a la hora de la cena, le pidió un segundo plato de un guisado de arroz que habían preparado. La respuesta del tío fue contundente:

    —¡Un segundo plato! No has trabajado lo suficiente para una doble ración, y de todas formas no puedes comer más que yo. Si yo quedo satisfecho con un plato, ¿por qué no lo estarías tú?

    Su tío tenía la reputación de ser un tirano, un hombre cruel con los animales y especialmente con los niños, un miserable en muchos aspectos de la vida, una persona despreciable y sobre todo un aprovechador de las desdichas ajenas. No sólo intentaba sacar ventajas con los pesares de los demás sino que también los disfrutaba. Y Zorga no tardó mucho en darse cuenta que lo que se rumoreaba por la ciudad con respecto a su tío Fergus era completamente cierto.

    A la semana de estar viviendo con su tío, en los escasos momentos que podía conciliar el sueño, las pesadillas lo abordaron. Una y otra vez tenía el mismo sueño. Él soñaba que cavaba una fosa muy profunda en la que luego echaba a su tío aún estando vivo, e inmediatamente después lo sepultaba bajo una pila de de relojes de todos los tamaños. Este extraño sueño comenzó a asustar a Zorga por varios motivos; primero por lo repetitivo que era, él nunca tuvo un sueño que se repita todas las noches, y segundo por la agresividad del mismo.

    Zorga siempre fue un muchacho de barrios pobres, se crió de forma humilde, pero con educación por parte de su madre. Era sensible, humanitario, se podría decir que era un joven de buen corazón, siempre preocupado por las necesidades de los demás, de los que aún menos que él tenían. Y jamás, en toda su vida, sintió los sentimientos de la ira y el temor que desde que conoció la relojería lo empezaron a albergar. A Zorga esto lo tenía sumamente preocupado, la furia que empezó a sentir en contra de su tío crecía de forma inmanejable.

    Más allá de las contestaciones y el maltrato que Fergus le proporcionaba a Zorga había otras actitudes que enfadaban aún más al muchacho. Pero este jamás se las decía, ya sea por la timidez del joven huérfano o por no hacer encolerizar a su tío. Eran actitudes mezquinas, pérfidas e inclusive hasta perturbadoras.

    Desde que llegó Zorga a la relojería, todas las mañanas, de los tejados venía a visitarle un gato callejero, tuerto y con todo el pelo chamuscado, como si se hubiese escapado de algún incendio. Se notaba que era un animal que vivió mucho tiempo en la calle, alguna mascota que fue abandonada por su dueño. El joven muchacho comenzó a alimentarlo con un platón de leche todos los días, hasta que su tío se dio cuenta y empezaron los reproches.

    —Se nota que tú no pagas la leche. Se nota que no sabes lo qué es ganarse el pan de cada día.

    —Pero tío, es un simple platón de leche.

    —Está bien; ya que es un simple platón de leche, no te costará nada que lo descuente de tu salario. Ahora, como salario monetario no tienes, y trabajas acá por casa y comida, te quitaré el vaso de leche que tomas diariamente en tu desayuno —hizo una pausa para reírse e inmediatamente continuó con una ironía—. Ya quiero ver, después de un par de días, ¿cómo haces, en la mañana, para levantar las cortinas de metal del local y abrir la relojería sin las proteínas de ese desayuno?

    En una de esas mañanas Zorga, como era habitual y a pesar de la advertencia de su tío él iba a continuar haciéndolo, le acercó el platón de leche al desdichado animal. Este después de beber la leche, se echó en el piso emitiendo un maullido desgarrador. A los pocos minutos el gato quedó completamente rígido. De lo que luego Zorga se enteró es que el animal había muerto porque la leche había sido adulterada por Fergus con una gran porción de veneno para ratas.

    —Les hice un favor a ambos; acabé con la desdicha de ese pobre animal, a ti te evité la molestia, por tu tonta caridad, de no quedarte sin ese vaso de leche en el desayuno, tan necesario para tu pesada jornada.

    No es necesario que siga narrando las actitudes envilecidas de Fergus, alcanza con que les diga que fueron muchas para las pocas semanas que Zorga empezaba a conocer a su distante pariente, distante por todo el tiempo que estuvieron separados y a su vez por lo diferente que era de las acciones afables de su hermana.

    Una tarde llegó a la relojería una inmensa caja proveniente de Estocolmo, esta caja contenía un antiguo reloj del siglo XVIII, un reloj de péndulo que aún funcionaba en perfecto estado. Una reliquia sumamente costosa que Fergus la había adquirido por apenas unas pocas libras. Esto, sin dudas, era el objeto más preciado de toda la relojería. Cuando Zorga abrió la caja para presentar el reloj de exhibición en la galería, como quería su tío, se dio cuenta que en la caja cabía a la perfección un cuerpo humano.

    —¿Podría ser el cuerpo de mi tío? —pensó Zorga y de inmediato reflejó la mueca de una sonrisa.

    Se le había ocurrido una idea aberrante, pero que a él le generaba una feliz tranquilidad.

    Así, inmediatamente, corrió a la farmacia a conseguir hierbas de lúpulo y mucho hipérico. Mezcló todo en el mortero hasta conseguir una terciada pasta, a la cual le agregó un poco de azúcar para evitar el mal sabor. Esta la disolvió en la botella de vino que todas las noches tomaba su tío. De esta forma Zorga había conseguido un potente somnífero.

    Lo único que tuvo que hacer Zorga es esperar a que su tío beba y se duerma, y este así lo hizo. Es más, este bebió toda la botella íntegra, pareciera que el casero brebaje le dio un sabor más exquisito al vino. Mientras Fergus estaba completamente dormido, Zorga con sumo cuidado lo llevó hasta el desván y ahí mismo lo acomodó dentro de la caja.

    Fue a la medianoche cuando Fergus exaltado se despertó por el sonido estremecedor de todos los relojes juntos tocando las 12.
    Los gritos de Fergus para que vengan a liberarlo de su enclaustro fueron completamente en vano. Cada alarido de auxilio quedó sepultado por los incesantes y agudos latidos de todos los relojes de su alrededor. Estos relojes fueron sincronizados por Zorga para que siempre den las 12 campanadas y eso generaba un ruido estridente en los oídos de Fergus. Un sonido infernal que lo ensordecería por toda la noche.

    Esa fue la primera vez que Zorga por fin pudo dormir con serenidad. Durmió en la silenciosa alcoba, alejada del inacabable ruido de los relojes, en la que dormía su tío. Lo más insólito es que toda la noche por más que sonaban sin cesar las 12 campanadas, a la habitación apenas llegaba un leve sonido, un sonido casi angelical, como una canción de cuna que lo colmaba de paz.

    Fin.
     
    #1
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