la campaña

ricardo-57

Poeta recién llegado
Después de los golpes y el terremoto,

los huesos rotos en sacudida,

fue el desgarro de tendones en la frontera

de la Pampa nuestra. La Pampa arrasada,

y el sur desolado donde la espina salvaje del civilizado

chorreó la gota roja de los ríos arteros,

donde el Rankul se bañaba.


El viento olvidó el soplo ante la capucha y

el antifaz de la blanca rosa goteó su secreto de lágrima.

Antes de la soberbia llegó el ojo mísero,

se partió el cuello al cisne envilecido

en la cobriza mano guerrera del Patagón.

Subió del océano el tesoro de la codicia pirata.

Del reino idólatra poderoso se abrió la hoz y la guadaña.

De tanto exprimir el suero, el llanto asfixiado

consumió su pólvora en el lago del desahogo.


Se fracturó la cultura Tehuelche,

el ojo ávido del Guaraní se secó.

La tierra se cegó de pluma y de hierba

El Ona se hundió en el abismo de la ciénaga

con su inmenso pié descalzo.

Del sembrado del Quechua quedó solo rastrojo.

la mazamorra se hizo con agua turbia

y el chipá sabia a sal de mar muerto.

El caballo del Wichi fue codicia del pillaje,

el azotado desierto inundado de silencio.

De la escalera norteña del Toba quedó solo un peldaño.

Entre la cordillera y el mar,

el cóndor andino se congeló de humedad

cuándo la flecha del destino

armó su arpón de punta, clavando la sangre del lenguaje,

el idioma se anegó en el barro teñido de rojos glóbulos..

La ancha vena del corazón sacudió en temblor/


En el desierto llameante de Roca y su campaña

se quemó la raíz del árbol nonato

por la imperial orden del ferrocarril.

la salvaje hermosura indígena se quedó sin ojotas,

y del camino ritual del indio caminando sobre las brasas

sólo quedó la ceniza del ascua apagada.

Cuando vi la hojarasca,

no como osamenta inútil del árbol despojado.

sino como fuego de una pira,

una hoguera que encendió el cubículo de mis ojos.

la ancha vena de la ira se estremeció...

Entre las cruces del hombre elegí la de la memoria,

para que el trueno y el agua no la borren del planeta.

Puse al fuego a la soberbia

- no al soberbio-

Arrojó pestilentes pesares ocultos

bajo la piedra de los dolores humanos

y la tierra de los osarios gimiendo en la cisterna

donde se revuelcan los gemidos no escuchados

del hombre dormido y en vela,

bajo la gleba de la tierra, desde el tiempo de antaño.

de la época del fuego con la piedra,

donde anduvo el venado tierno

con los ojos del trigo dorados,

y la sombra del prado como testigo de la historia.

En el estambre verde, entre la hoja de la avena.
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