Aquella carta perfumada contiene una noticia amorosa. Destinada a una dama morena de ojos verdes. Su remitente es el mismísimo Emperador de la corte. Cuando la mujer de baja alcurnia la abre y la lee en su choza de paja queda sorprendida. Su corazón palpita. Y la sangre que circula por sus venas arde como una llama de beatífico resplandor. No se lo hace saber la moza a sus padres. Sino que lo mantiene en ferviente secreto. Tal atracción erótica tiene que consumarse en el bosque embrujado de las hadas. Así reza el contenido escrito con pluma de ganso. Ella coge un caballo blanco. Y antes de que despunte la luna menguante va hacia el lugar de encuentro. Escogido secretamente por el fervoroso monarca. Cae la noche. Y la mujer ya llegó al punto señalado de encuentro. Entonces, escucha el crepitar de un fogoso corcel del que se baja un apuesto joven con corona de mirto y capa real. ¡Es él!. Va a su encuentro y ambos se funden en un apasionado beso efervescente. Mientras las voces malignas de los elementales espíritus fraguan desastres para esa relación. Que se les antoja desigual en rango. Pues ella es una simple campesina. Y él la encarnación de regio cupido de substancia azul.