Pilaresther
Poeta adicto al portal
La casa está sola
han pasado de largo sus dueños
nada habita los árboles
también de largo pasaron sus ángeles
sus tules
es comprensible
todas las manos no son iguales
ni todas puras brújulas transparentes
todo ensordece
sin fecha para el regreso,
sin templo para el desnudo.
A causa de tanto silencio comienzan tus canciones,
de tanto mirar tus ojos conservados en la lejanía,
me sorprende la tibieza,
tú sabes que cuando la casa no estaba sola
mordíamos el pan sólo blanco
y arropábamos en su vientre un universo.
Absolutos dueños de nuestra custodia
eran gallos, perros y peces
de colas y bocas idénticas
que mezclaban sus inocencias
apenas descubrían nuestra llegada,
Armábamos nuestra ciudad en la cocina,
lo primero que llegara decidía
si versos, Neruda,
si ansias, las nuestras,
si música, la del mundo
qué otra ambición podría arrancársele a la lluvia.
Si escapábamos al mar,
la casa aguardaba
y como si fuésemos las únicas figuras de la arena
mientras posábamos desnudos,
la luna,
nos premiaba.
Al menos yo, por aquellos tiempos,
asaltaba la luz para alumbrarte la aurora
y ataba tus horas sin regresar por mi.
La casa aún esta sola
y una fila de hormigas devora nuestra ciudad.
han pasado de largo sus dueños
nada habita los árboles
también de largo pasaron sus ángeles
sus tules
es comprensible
todas las manos no son iguales
ni todas puras brújulas transparentes
todo ensordece
sin fecha para el regreso,
sin templo para el desnudo.
A causa de tanto silencio comienzan tus canciones,
de tanto mirar tus ojos conservados en la lejanía,
me sorprende la tibieza,
tú sabes que cuando la casa no estaba sola
mordíamos el pan sólo blanco
y arropábamos en su vientre un universo.
Absolutos dueños de nuestra custodia
eran gallos, perros y peces
de colas y bocas idénticas
que mezclaban sus inocencias
apenas descubrían nuestra llegada,
Armábamos nuestra ciudad en la cocina,
lo primero que llegara decidía
si versos, Neruda,
si ansias, las nuestras,
si música, la del mundo
qué otra ambición podría arrancársele a la lluvia.
Si escapábamos al mar,
la casa aguardaba
y como si fuésemos las únicas figuras de la arena
mientras posábamos desnudos,
la luna,
nos premiaba.
Al menos yo, por aquellos tiempos,
asaltaba la luz para alumbrarte la aurora
y ataba tus horas sin regresar por mi.
La casa aún esta sola
y una fila de hormigas devora nuestra ciudad.
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