Frater Noctis
Poeta recién llegado
Una miríada de sensaciones destiladas a través de su espíritu, iluminaron instantáneamente la celda del monje.
Consiguió romper el último sello que ocultaba las exactas instrucciones de cómo se abrían las sagradas puertas de Samballah. Por fin pudo contemplar, la vuelta al origen de la humanidad, a la verdad de la esencia, a la naturaleza salvaje.
Inmerso en aquel revelador éxtasis, vio a leones que lamían el lomo a hienas dóciles, mientras le miraban con una compasión tal, que su cuerpo se estremeció y vibró formando en el éter una incógnita música de creación. Aquellos sonidos preternaturales empezaron a solidificarse, hasta construir una solitaria casa rodeada de un majestuoso jardín.
Sin dudarlo, puso el pie dentro de su linde y accedió a las estancias interiores. Atravesó puertas, se asomó por las ventanas y husmeó por todos los rincones. Poco a poco notó que su cuerpo se hacía música, que la casa se hacía música, que Samballah se hacía música y terminó persiguiendo a un gato blanco, que le condujo por pasillos infinitos, hasta que se fue hundiendo en el afilado placer de la calma.
El cristal rojo de la vida vibró y volvió a crear al hombre a lo largo del tiempo.