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La casa

Tema en 'Prosa: Obra maestra' comenzado por Pessoa, 13 de Junio de 2017. Respuestas: 0 | Visitas: 297

  1. Pessoa

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    LA CASA

    Puede que hiciese mucho tiempo que estaba esperándome y esos otoños sin solución habían resecado su tersura y lozanía.
    Por eso pienso que fue la casa quien me encontró, sin advertirlo yo, a la vuelta de aquel recodo, en un estrecho sendero que nunca antes había transitado. A pesar de mi conocimiento de aquel bosque, por el que solía deambular sin rumbo fijo, sumido en mis cavilaciones o, simplemente, evadiéndome con vigorosas y generalmente felices ensoñaciones, jamás me había percatado de la existencia de aquella casa ni había oído hablar de ella. Bien es cierto que lo tupido del boscaje circundante y los restos de la antigua jardinería camuflaban a la perfección aquel rotundo caserón, de reminiscencias paladianas, salvo por la carencia de perspectivas amplias que permitiesen al caminante gozar de sus bellas proporciones y de su elegante arquitectura.

    Su aspecto abandonado, casi en ruinas, no lo hacía menos atractivo. Por la región existían varias de aquellas antiguas mansiones, rodeadas por lo general de amplios y bien cuidados jardines y campos de cultivo, a las que el paso del tiempo y el abandono de sus primeros ocupantes, en muchos casos labradores enriquecidos, cuyos descendientes vivían hoy en cómodos domicilios urbanos, los habían hecho devenir románticos despojos, en los que un halo de nostalgia envolvía los deteriorados estucos y el golpeteo accidental de alguna contraventana movida por el viento hacía pensar en los últimos latidos de un cuerpo de transmutada hermosura, cuya alma luchaba afanosamente por mantener en él un último hálito de vida.

    Dos sentimientos antagónicos, pero no contradictorios, llegaron a mi espíritu, estremeciéndolo: uno, el de mi natural curiosidad que siempre me ha llevado hacia los objetos y situaciones desconocidas, tratando de aprehender sus esencias, obviando, a veces muy imprudentemente, los peligros aparentes u ocultos que en dicha búsqueda pudieran surgir. Pero, generalmente, las satisfacciones y enriquecimientos que acababa obteniendo de esos encuentros y mis atrevimientos, me compensaban sobradamente para proseguir en esta línea de comportamiento. Al fin y al cabo la imaginación tiene algunos de sus mejores alimentos en lo insólito e imprevisto, en el poder de conmoción que ellos tienen.

    El otro sentimiento, casi inédito en mí, fue el de una especie de temblor numinoso, de pavor ante el misterio, una agitación que yo atribuí – yo y mi galopante imaginación- producida por fuerzas extranaturales que emanaba la casa, como si de una aparición –y, en realidad, lo era- se hubiese tratado. Y la resultante de esas dos fuerzas alimentaron vigorosamente mi anhelante curiosidad.

    Rodeé la casa con dificultad. Zarzas y malezas cubrían con profusión el sendero, a trechos aún con restos de pavimento que, a modo de acera, circundaba la repentina mansión. Encontré la entrada principal en la fachada opuesta a aquella por la que había llegado. Una pequeña escalinata accedía a una especie de porche que enmarcaba una puerta de raídas maderas, acceso principal a la morada. Todas las ventanas y la puerta misma se encontraban cerradas. Algunas contraventanas, desprendidas de sus goznes, se empotraban con resistencia heroica, cancerberos desencajados, alojadas en los huecos desde los que antes impedían la entrada a la luz del sol.

    Con la misma irracional determinación con la que un revolucionario se dirige a la barricada dispuesto a morir por sus ideas, así yo me encaminé de nuevo hasta la puerta de entrada a la casa. Ya sabía que estaba cerrada, pero, por el estado de putrefacción en el que me pareció que se encontraba, no me sería difícil acceder al interior. No obstante la puerta no estaba tan cerrada como yo creía. Una pequeña abertura entre sus dos hojas, que no advertí al principio, me animó a empujar suavemente una de ellas, en la cual, milagrosamente, aun se encontraba fijado un llamador de hierro fundido al que la pátina de óxido le prestaba un suplemento de belleza, representando una cabeza de león de cuyas fauces abiertas emergía la anilla que permitía su accionamiento.

    Me pareció que la puerta, más que abrirse por la fuerza de mi empuje, era ella la que me arrastraba, como si mi mano se hubiese adherido a la carcomida madera y con una suavidad que impedía cualquier alarma por mi parte, me conducía hacia un universo que yo intuía familiar, con aromas de dolorosa nostalgia. Me recibió el ruido entrecortado del aleteo de pájaros, sorprendidos en su reposo por la eclosión luminosa que se produjo al entreabrirse la hoja de la puerta. Con un gesto meramente reflejo me volví y cerré casi por completo aquella irrupción brillante del mundo exterior en esta especie de placenta tibia y ordenada, adormecida en un espacio atemporal, en la que yo adquiría una clara conciencia de intruso, al mismo tiempo que me parecía percibir una benévola bienvenida.

    Delgadísimos hilos de luz polvorienta, filtrados desde los mil y un intersticios que existían en techo y paredes daban al recinto una penumbra irreal, distorsionando las dimensiones y proporciones de la habitación. Aquella mínima iluminación, no obstante, me permitió distinguir algunos muebles desvencijados, restos de cortinajes raídos, los artesonados del techo, que en su día debieron ser ricos y bien tallados... En ese momento creí haber penetrado en un archivo insospechado de olvidos y añoranzas, en un museo de agonías de las formas y colores que algún día fueron la esencia, no sólo el decorado, de la vida en aquella casa. Yo no debía estar allí, no debía profanar ese comienzo de eternidad que allí se fraguaba.

    Me dispuse a volver sobre mis pasos, sin continuar el recorrido por las que debían ser el resto de las dependencias -¿cómo serían la cocina, los dormitorios? ¿Habría biblioteca? ¿Quedarían libros como para hacerse una idea de los gustos y aficiones de los antiguos moradores? Mi imaginación volaba y el ritmo de mi pulso se aceleraba exageradamente. Pero debía salir: aquel mundo no me pertenecía y algo inmaterial, algo como invisibles velos protegía el espíritu de la casa de mis curiosidades.

    Cuando alcanzaba la salida un tenue sonido, imperceptible casi, un a modo de acorde sostenido emitido por algo parecido a una armónica de cristal paralizó mi movimiento.
    El sonido comenzó a modularse, variando asimismo su intensidad. El polvo en suspensión que flotaba casi estático en los delgados hilos de luz comenzó a agitarse rítmicamente con las sutiles variaciones de aquel sonido. Busqué en la penumbra el origen de aquella especie de melodía, de aquel “glissando” inefable que me perturbaba, al tiempo que extendía un sosiego indescriptible por todo el recinto.

    - Oh, Arturo, por fin has vuelto...

    La armoniosa melodía se había concretado en palabras: mejor dicho, en espíritu de palabras. En ese momento me sentí inmerso en un nuevo espacio organizado según las más exquisitas y depuradas formas de la música antigua, infinitamente calmo y tranquilizador. Las guedejas de polvo que flotaban en los pequeños haces de luz desaparecieron, dejándolos prístinos y precisos, como ordenados en una suerte de pentagramas oblicuos. Advertí que las marcas de luz que se proyectaban en el suelo definían un a modo de camino luminoso, una senda de luz por la que yo debía avanzar. Aquello era como un latido más de esta recién iniciada vida, una vida fuera de mí, pero que me poseía, me envolvía en tersuras y suavidades desconocidas para mí y, sin embargo, tan inconscientemente deseadas; ahora lo sabía.

    - Arturo, tanto tiempo...

    Una especie de bulto indefinido, una bruma opaca, con rítmicos brillos que recorrían sus imprecisos contornos pareciendo nacer de su interior, una amalgama de formas que al fluir desde su rincón hasta mi retina producían en ésta la inequívoca imagen de una mujer, una mujer laxamente recostada sobre una desvencijada silla de ruedas. Pero en aquel mundo irreal e inconsistente que estaba percibiendo, en el que no sabía por qué azar me encontraba, mis palabras, la materialización de los sonidos que ahora debía pronunciar, eran una contradicción tan evidente que guardé silencio.



    Pero aquel era mi nombre y alguien, bien que adimensional, etéreo, pero que podía concretarse para mí mediante mis percepciones normales y conmover desde allí lo más profundo de mi alma, alguien me llamaba y yo sentía la urgencia plenamente física de acercarme hasta aquella inexpresable fuente de sonido. Quizá en su proximidad, en una cercanía que yo no sabría elucidar en sus dimensiones, una nueva reorganización del tiempo y del espacio me permitirían acercarme a la esencia del misterio. No tenía la menor conciencia de temor: sólo la intuición de la maravilla.

    - Acércate, Arturo. ¿Cómo puedes temerme? Sí, soy yo. Soy Martina, la compañera de Manoel, el marinero portugués. Tu criatura, aunque hace tanto tiempo que, al parecer, ya me has olvidado. Me creaste para uno de tus cuentos. Me dejaste en mi silla de ruedas allá en Peniche, junto a las brumas del Atlántico. Yo se bien –porque entonces estaba dentro de tí, como tú ahora estás dentro de mí- que tenías para mí una vida más larga, no se si venturosa, porque, al menos, me creaste amada, inválida, pero amada. Y eso siempre es augurio de ventura. Pero enseguida me olvidaste. Y a Manoel. Ya se: los creadores sois así. Seguiste pariendo -eso sí: sin mucho dolor- otros personajes. Quizá estén por aquí, en otras habitaciones. La casa es grande y espaciosa. Yo, desde este rincón, a veces oigo sonidos, especie de quejidos, algo que parecen risas. Pero no deben ser risas. Porque tus criaturas casi siempre fueron amargas, tristes, en cierto modo reflejo de tí mismo.
    Pero no sólo estamos aquí algunos de tus personajes, aquellos que creaste con intención de futuro. Hay muchos más, de otros muchos creadores, toda gente bien intencionada, pero abúlica, como tú, Arturo. Inconstantes, con falta de madurez, para los que fuimos para vosotros apenas pequeños juguetitos. Yo, y tantos otros de los que aquí estamos, hubiésemos querido ser personajes acabados, redondos en su avatar y en su andadura, no apenas un bosquejo mal pergeñado. Pero así hemos sido, como el trasunto de vuestra propia vida.
    ¿Por qué esta casa, esta especie de almacén de nebulosas? No lo se, Arturo. Quizá quienes la hicieron también se cansaron de ella y apenas terminada la olvidaron. Quizá también sea un sueño inacabado. Tú, mejor que nosotros, tienes la respuesta.

    Un abotargamiento general iba invadiendo mi cuerpo y mis sentidos. Tal vez fuese por el frío que, en esos primeros días del otoño, iba dejándose sentir ya con intensidad. Había perdido completamente la conciencia del tiempo. Los delgados hilos de luz iban apagándose paulatinamente y la senda luminosa que me había dirigido hasta aquel rincón se había desdibujado en el suelo. Ahora todo era niebla, una fría y tenue niebla en la que yo mismo parecía disolverme. La sutil, inefable música, ese espíritu del sonido que había sido la voz de Martina también se diluyó insensiblemente. Ahora todo era oscuridad y silencio.

    Puede que esa fuese la dimensión temporal del infinito. Quizá partiendo de ese instante inicial en el que la casa se me apareció a la vuelta de un recodo había transitado por uno de los ciclos del tiempo circular que fabula Borges y sesudamente estudia Eliade en sus fuentes. Quizás. Lo cierto es que estaba de nuevo en el punto exacto de la fachada posterior en el antes me encontraba.

    Rodeé nuevamente el macilento caserón hasta llegar frente a la puerta de la casa. Las mismas zarzas, el mismo pavimento ruinoso y desdentado: yo tenía una conciencia clara y precisa de cuanto allí había vivido hacía apenas... ¿unos minutos? ¿una hora? ¿un eón?.

    Así con fuerza la silenciosamente rugiente cabeza del llamador y me dispuse a aporrear su base metálica, pero me quedé con la pieza en la mano. La carcomida madera no resistió la violencia de mi gesto. Oí ladridos de perros que furiosamente trataban, desde el interior, alejar a cualquier inoportuno visitante. Miré hacia lo alto. No se oía ningún ruido: ni el piar vespertino de los pájaros, ni el siseo del viento al trizarse entre las hojas. Sólo algún ladrido rezagado que, como un relámpago escarlata, se perdía en el sotobosque. La tarde parecía haberse detenido en alguno de esos momentos de paz y de silencio con los que el día se relaja de sus tensiones antes de abandonarse en el amor de la noche. Sonreí, recordé nuevamente a Borges y reanudé mi camino -la casa a mis espaldas- perdiéndome enseguida en alguna de mis felices ensoñaciones. ¿Porqué ha vuelto ahora la casa a mi presente y me ha expresado su necesidad de revivir aquel ensueño, su último latido de animal que se resiste a morir? No lo sé. Yo no he creado aquella fantasmagoría, aunque sí lo hiciese con algunos de sus habitantes. Habrá que preguntar a algún otro de los creadores de personajes de ficción. Yo hace ya mucho tiempo que me salí del camino. De aquel camino en el que exactamente se encuentra la casa.



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    Ilust.: “Les feuilles mortes”. Remedios Varo. 1956 (de Pinterest)
     
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    A Carrizo Pacheco y martagclara les gusta esto.

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