esthergranados
Poeta adicto al portal
Todos los días veía desde mi ventana a la chica del bolso azul. Paseaba, pensativa y cabizbaja delante de mi casa desde hacía poco más de un mes. La mañana, bastante desapacible, amenazaba lluvia y el viento azotaba sin piedad las hojas de los álamos, que caían lentamente en una especie de danza otoñal.
Se sentó en un banco casi escondido que había en un callejón angosto y poco iluminado al que acudía después de su paseo. La nula actividad que había en las inmediaciones de la zona, le daba un aspecto desangelado y casi fantasmal.
Sacó del bolso el móvil y un pitillo que encendió ensimismada. Después tecleó el teléfono con dedos hábiles, se lo puso al oído y escuchó.
Seguí sus movimientos con inquietud, cada vez más atenta. Había algo en ella que me fascinaba, tal vez sus ojos ausentes, o su actitud distante, o esa sensación de desvalimiento que intuía... Vi cómo gesticulaba, enfadada, y constaté que elevaba la voz al tiempo que golpeaba insistentemente el suelo con el pie.
Yo apelaba a mi imaginación y fantaseaba con la causa de su angustia: quizás un desengaño, un abandono, la soledad... Especulaciones inútiles que hacían que mi obsesión, estupidamente, fuese a más.
Seguí espiando con cautela sus movimientos. Indudablemente discutía; sollozaba afligida y levantaba los ojos al cielo en un gesto de impotencia y debilidad.
En ese momento supe la causa de mi inquietud: me veía a mi misma cada vez que la contemplaba, padecía sus mismas aflicciones, me asaltaban sus mismas dudas, convivía con su misma soledad. "Soy yo, soy yo", me decía en una letanía de angustia y desolación.
Mi pecho apenas contenía la potencia de mis latidos, y una especie de señal, algo intangible, me empujó hacia la calle; salvando la calzada llegué hasta el banco que ella ocupaba unos minutos cada día desde hacía un mes. La llamé, apenas sin voz, y musité afligida: "no, no, no... No lo hagas". Se volvió hacia mí con una mueca apenada y se encañonó la sien.
Cuando escuché la detonación caí, vencida y angustiada y sollocé impotente. Su silueta se desvanecía despacio delante de mis atónitos ojos. Como en un sueño tomé su mano, sabiendo que inevitablemente las dos teníamos un destino común.
El suelo, que poco a poco se vistió de otoño, nos acogió, juntas al fin, unidas con un vínculo más sólido que la misma vida... Esa que es tan ficticia, tan pasajera, tan efímera.
Se sentó en un banco casi escondido que había en un callejón angosto y poco iluminado al que acudía después de su paseo. La nula actividad que había en las inmediaciones de la zona, le daba un aspecto desangelado y casi fantasmal.
Sacó del bolso el móvil y un pitillo que encendió ensimismada. Después tecleó el teléfono con dedos hábiles, se lo puso al oído y escuchó.
Seguí sus movimientos con inquietud, cada vez más atenta. Había algo en ella que me fascinaba, tal vez sus ojos ausentes, o su actitud distante, o esa sensación de desvalimiento que intuía... Vi cómo gesticulaba, enfadada, y constaté que elevaba la voz al tiempo que golpeaba insistentemente el suelo con el pie.
Yo apelaba a mi imaginación y fantaseaba con la causa de su angustia: quizás un desengaño, un abandono, la soledad... Especulaciones inútiles que hacían que mi obsesión, estupidamente, fuese a más.
Seguí espiando con cautela sus movimientos. Indudablemente discutía; sollozaba afligida y levantaba los ojos al cielo en un gesto de impotencia y debilidad.
En ese momento supe la causa de mi inquietud: me veía a mi misma cada vez que la contemplaba, padecía sus mismas aflicciones, me asaltaban sus mismas dudas, convivía con su misma soledad. "Soy yo, soy yo", me decía en una letanía de angustia y desolación.
Mi pecho apenas contenía la potencia de mis latidos, y una especie de señal, algo intangible, me empujó hacia la calle; salvando la calzada llegué hasta el banco que ella ocupaba unos minutos cada día desde hacía un mes. La llamé, apenas sin voz, y musité afligida: "no, no, no... No lo hagas". Se volvió hacia mí con una mueca apenada y se encañonó la sien.
Cuando escuché la detonación caí, vencida y angustiada y sollocé impotente. Su silueta se desvanecía despacio delante de mis atónitos ojos. Como en un sueño tomé su mano, sabiendo que inevitablemente las dos teníamos un destino común.
El suelo, que poco a poco se vistió de otoño, nos acogió, juntas al fin, unidas con un vínculo más sólido que la misma vida... Esa que es tan ficticia, tan pasajera, tan efímera.