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La ciudad como agonía

Pessoa

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LA CIUDAD COMO AGONÍA


Se despliegan

los campos nevados

ausentes de claroscuros,

aquellos donde la ciudad se inmola.


Amalgama de olores carentes de sustancia,

silencios contraídos en las noches de lujuria,

inéditos colores nacidos de episodios de locura,

la ciudad es una llaga que supura.


Arriba, donde los altivos edificios recortan

un cielo gris, del que nunca nacen lluvias,

las letras de neón, audaces diedros alados,

ardiendo bajo plagas de azufre o de perfumes,

claman el final de su agonía.


Inclementes se abren en su piel,

como en espaldas sajadas con el látigo,

las avenidas y los amplios bulevares.

Los viandantes los adornan con sus cremas para el pelo

y de ellos nacen las músicas que el viento teje

con los brazos de los niños.


Infinito bulevar: se pierde hasta emponzoñar

los campos de avena loca que brotan

más allá de los puertos deportivos y las cordilleras.

Red sanguínea tejida con detritus y cloacas,

red que envenena de vida a la ciudad asolada

por sus días interminables.


¿Qué es, quienes son aquellos que se mueven

entre los estrépitos y las sombras?

Nacen, especie de nimbos, de las bocas desdentadas

de los night-clubs y las oficinas bancarias.

Se disuelven apenas la luz corrosiva

les impele a quitarse los sombreros:

la urbanidad ante todo, aún a costa del suicidio.


Las ventanas, óculos cartesianos,

con su excrecencia sonora de aparatos

que tramitan la sangre y sus latidos,

se entreabren apenas para arrojar el vómito de sentimientos,

incapaces ya de seguir contenidos en los pechos agonizantes.

Tras de ellos vuelan sobre pentagramas calcinados

las músicas violentas, los luminosos aullidos del orgasmo.


La ciudad agoniza irreverente.

Se trizan los vidrios y, como en una fosa abierta

entre la nada y los pájaros,

se desnuda de contornos, dejando al aire su magma,

preparada ya para recibir

el más glorioso fin del mundo.


La ciudad es una celosía preñada de misterios

y yo formo parte de ellos.


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Ilust.: La Torre Eiffel roja.- Robert Delaunay (tomado de pinterest.com)
 
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LA CIUDAD COMO AGONÍA


Se despliegan

los campos nevados

ausentes de claroscuros,

aquellos donde la ciudad se inmola.


Amalgama de olores carentes de sustancia,

silencios contraídos en las noches de lujuria,

inéditos colores nacidos de episodios de locura,

la ciudad es una llaga que supura.


Arriba, donde los altivos edificios recortan

un cielo gris, del que nunca nacen lluvias,

las letras de neón, audaces diedros alados,

ardiendo bajo plagas de azufre o de perfumes,

claman el final de su agonía.


Inclementes se abren en su piel,

como en espaldas sajadas con el látigo,

las avenidas y los amplios bulevares.

Los viandantes los adornan con sus cremas para el pelo

y de ellos nacen las músicas que el viento teje

con los brazos de los niños.


Infinito bulevar: se pierde hasta emponzoñar

los campos de avena loca que brotan

más allá de los puertos deportivos y las cordilleras.

Red sanguínea tejida con detritus y cloacas,

red que envenena de vida a la ciudad asolada

por sus días interminables.


¿Qué es, quienes son aquellos que se mueven

entre los estrépitos y las sombras?

Nacen, especie de nimbos, de las bocas desdentadas

de los night-clubs y las oficinas bancarias.

Se disuelven apenas la luz corrosiva

les impele a quitarse los sombreros:

la urbanidad ante todo, aún a costa del suicidio.


Las ventanas, óculos cartesianos,

con su excrecencia sonora de aparatos

que tramitan la sangre y sus latidos,

se entreabren apenas para arrojar el vómito de sentimientos,

incapaces ya de seguir contenidos en los pechos agonizantes.

Tras de ellos vuelan sobre pentagramas calcinados

las músicas violentas, los luminosos aullidos del orgasmo.


La ciudad agoniza irreverente.

Se trizan los vidrios y, como en una fosa abierta

entre la nada y los pájaros,

se desnuda de contornos, dejando al aire su magma,

preparada ya para recibir

el más glorioso fin del mundo.


La ciudad es una celosía preñada de misterios

y yo formo parte de ellos.


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Ilust.: La Torre Eiffel roja.- Robert Delaunay (tomado de pinterest.com)

Como otro reflejo de la ciudad, de esa ciudad que agoniza en su propio residuo.... muy interesante lectura. Saludos, que vaya todo muy bien.
 
Todo el poema es una maravilla, en mi modesta opinión. Por destacar, me quedaría con estos versos,

Arriba, donde los altivos edificios recortan

un cielo gris, del que nunca nacen lluvias,

las letras de neón, audaces diedros alados,

ardiendo bajo plagas de azufre o de perfumes,

claman el final de su agonía.

La civilización, o la incivilización, en las ciudades, parece un camino irreversible a la destrucción del hombre.
Quizá seamos algo pesimistas, Miguel. Yo tengo la suerte de vivir en una parte de la ciudad que no agobia
y encima con el trabajo al lado, pero tuve momentos en mi vida que la ciudad me asfixiaba. Creo que es un entorno
que al no ser natural, se convierte en un enemigo del hombre que le lleva al estrés y a la destrucción.

Un abrazo, junto con mi aplauso, por tu excelente trabajo, estimado y admirado, Miguel.


LA CIUDAD COMO AGONÍA


Se despliegan

los campos nevados

ausentes de claroscuros,

aquellos donde la ciudad se inmola.


Amalgama de olores carentes de sustancia,

silencios contraídos en las noches de lujuria,

inéditos colores nacidos de episodios de locura,

la ciudad es una llaga que supura.


Arriba, donde los altivos edificios recortan

un cielo gris, del que nunca nacen lluvias,

las letras de neón, audaces diedros alados,

ardiendo bajo plagas de azufre o de perfumes,

claman el final de su agonía.


Inclementes se abren en su piel,

como en espaldas sajadas con el látigo,

las avenidas y los amplios bulevares.

Los viandantes los adornan con sus cremas para el pelo

y de ellos nacen las músicas que el viento teje

con los brazos de los niños.


Infinito bulevar: se pierde hasta emponzoñar

los campos de avena loca que brotan

más allá de los puertos deportivos y las cordilleras.

Red sanguínea tejida con detritus y cloacas,

red que envenena de vida a la ciudad asolada

por sus días interminables.


¿Qué es, quienes son aquellos que se mueven

entre los estrépitos y las sombras?

Nacen, especie de nimbos, de las bocas desdentadas

de los night-clubs y las oficinas bancarias.

Se disuelven apenas la luz corrosiva

les impele a quitarse los sombreros:

la urbanidad ante todo, aún a costa del suicidio.


Las ventanas, óculos cartesianos,

con su excrecencia sonora de aparatos

que tramitan la sangre y sus latidos,

se entreabren apenas para arrojar el vómito de sentimientos,

incapaces ya de seguir contenidos en los pechos agonizantes.

Tras de ellos vuelan sobre pentagramas calcinados

las músicas violentas, los luminosos aullidos del orgasmo.


La ciudad agoniza irreverente.

Se trizan los vidrios y, como en una fosa abierta

entre la nada y los pájaros,

se desnuda de contornos, dejando al aire su magma,

preparada ya para recibir

el más glorioso fin del mundo.


La ciudad es una celosía preñada de misterios

y yo formo parte de ellos.


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Ilust.: La Torre Eiffel roja.- Robert Delaunay (tomado de pinterest.com)
 
LA CIUDAD COMO AGONÍA


Se despliegan

los campos nevados

ausentes de claroscuros,

aquellos donde la ciudad se inmola.


Amalgama de olores carentes de sustancia,

silencios contraídos en las noches de lujuria,

inéditos colores nacidos de episodios de locura,

la ciudad es una llaga que supura.


Arriba, donde los altivos edificios recortan

un cielo gris, del que nunca nacen lluvias,

las letras de neón, audaces diedros alados,

ardiendo bajo plagas de azufre o de perfumes,

claman el final de su agonía.


Inclementes se abren en su piel,

como en espaldas sajadas con el látigo,

las avenidas y los amplios bulevares.

Los viandantes los adornan con sus cremas para el pelo

y de ellos nacen las músicas que el viento teje

con los brazos de los niños.


Infinito bulevar: se pierde hasta emponzoñar

los campos de avena loca que brotan

más allá de los puertos deportivos y las cordilleras.

Red sanguínea tejida con detritus y cloacas,

red que envenena de vida a la ciudad asolada

por sus días interminables.


¿Qué es, quienes son aquellos que se mueven

entre los estrépitos y las sombras?

Nacen, especie de nimbos, de las bocas desdentadas

de los night-clubs y las oficinas bancarias.

Se disuelven apenas la luz corrosiva

les impele a quitarse los sombreros:

la urbanidad ante todo, aún a costa del suicidio.


Las ventanas, óculos cartesianos,

con su excrecencia sonora de aparatos

que tramitan la sangre y sus latidos,

se entreabren apenas para arrojar el vómito de sentimientos,

incapaces ya de seguir contenidos en los pechos agonizantes.

Tras de ellos vuelan sobre pentagramas calcinados

las músicas violentas, los luminosos aullidos del orgasmo.


La ciudad agoniza irreverente.

Se trizan los vidrios y, como en una fosa abierta

entre la nada y los pájaros,

se desnuda de contornos, dejando al aire su magma,

preparada ya para recibir

el más glorioso fin del mundo.


La ciudad es una celosía preñada de misterios

y yo formo parte de ellos.


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Ilust.: La Torre Eiffel roja.- Robert Delaunay (tomado de pinterest.com)

Ver a la vez ese misterio que creo el hombre para vivir
y recrear asi los espacios que en su depuracion tenian
errores.
quedan reflexiones expuestas en un aparejo de imagenes
que producen una espiral atrapadora, tanto como el
sentido varado de la ciudad.
una belleza de poema, desafiante y con un volumen
de trabajo notorio.
excelentissimo. saludos amables de luzyabsenta
 

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