Y desde lo más alto de mi terraza, vimos el atardecer en la ciudad donde los sueños no se rompen, con una copa de vida en la mano, y un pedazo de muerte en la otra. De fondo sonaba un dolor inhumano, un precioso dolor inhumano, con rima asonante y sentimiento añorado, un ritmo tranquilo y un noble piano.
Desde allí se veían rayos de Siempre, rayos de Nunca, iluminando nuestra vida, pero también nuestra muerte; mientras, las sombras pasaban, guardando sus secretos en folios a oscuras; un dulce beso se rompía bajo el tenue susurro de una flor de sakura.
Los libres cantaban a la luz de la Luna, y tu brazo rozaba mi cintura, en aquella íntima ventana, donde el humo consumía cada sueño que perdía sin querer. Allí, tú y yo, tan indecisos como el color del cielo, tan lejanos como Él de la Tierra; tan cercanos como el día y la noche, tan solos como las mismas estrellas.
Nosotros vivimos como el aire muriendo en el arcén, pero tan efímeros. Sentimos el frío como ansias de creer, y tomamos otro sorbo de vida. Y desde allí tan arriba rozábamos la eternidad con manos de insolencia. Bebimos de la ignorancia traída del Olimpo. Olimos el miedo de la flor por caer, y sentimos el placer que brotaba entre los dos,acariciando un mechón recostado tranquilamente, y una rebeldía que inundaba nuestro ser.
Y fue nuestra cena aquel atardecer, caníbales de un Sol a punto de morir, y la elegancia de mil millas por nacer; nuestro agua fue la Luna mojada con la sangre del ayer, aullando sobre tus pies sus delirios de ternura.
Esclavos de cadenas, grilletes nuestras manos; gritan los amantes conscientes de sus labios, y se besan. Contemplamos asomados, y otro pedazo de muerte perdimos. Hasta el tiempo parece bello, él tampoco sabe que color ponerse. Sopla el viento celoso de la muerte, y vas y rompes tu copa de vida, destrozando cada silencio que tanto anhelamos.
Y te fuiste.
La Luna te echa de menos y la muerte te da de lado; y desde lo más alto de mi terraza, veo el amanecer en la ciudad donde los sueños no se rompen, pero siempre se están acabando.
Desde allí se veían rayos de Siempre, rayos de Nunca, iluminando nuestra vida, pero también nuestra muerte; mientras, las sombras pasaban, guardando sus secretos en folios a oscuras; un dulce beso se rompía bajo el tenue susurro de una flor de sakura.
Los libres cantaban a la luz de la Luna, y tu brazo rozaba mi cintura, en aquella íntima ventana, donde el humo consumía cada sueño que perdía sin querer. Allí, tú y yo, tan indecisos como el color del cielo, tan lejanos como Él de la Tierra; tan cercanos como el día y la noche, tan solos como las mismas estrellas.
Nosotros vivimos como el aire muriendo en el arcén, pero tan efímeros. Sentimos el frío como ansias de creer, y tomamos otro sorbo de vida. Y desde allí tan arriba rozábamos la eternidad con manos de insolencia. Bebimos de la ignorancia traída del Olimpo. Olimos el miedo de la flor por caer, y sentimos el placer que brotaba entre los dos,acariciando un mechón recostado tranquilamente, y una rebeldía que inundaba nuestro ser.
Y fue nuestra cena aquel atardecer, caníbales de un Sol a punto de morir, y la elegancia de mil millas por nacer; nuestro agua fue la Luna mojada con la sangre del ayer, aullando sobre tus pies sus delirios de ternura.
Esclavos de cadenas, grilletes nuestras manos; gritan los amantes conscientes de sus labios, y se besan. Contemplamos asomados, y otro pedazo de muerte perdimos. Hasta el tiempo parece bello, él tampoco sabe que color ponerse. Sopla el viento celoso de la muerte, y vas y rompes tu copa de vida, destrozando cada silencio que tanto anhelamos.
Y te fuiste.
La Luna te echa de menos y la muerte te da de lado; y desde lo más alto de mi terraza, veo el amanecer en la ciudad donde los sueños no se rompen, pero siempre se están acabando.