Rosa Reeder
Poeta que considera el portal su segunda casa
En la ciudad que susurraba en colores, los relojes no medían el tiempo, sino los suspiros de quienes los miraban. Las calles se enrollaban como serpientes de cristal, y los faroles cantaban canciones que olían a verano. Los edificios caminaban despacio al amanecer, inclinándose unos hacia otros como si compartieran secretos antiguos.
Los zapatos tenían memoria y recordaban los pasos de todos los que los habían calzado; por eso, a veces, caminaban solos, buscando aventuras olvidadas. Las sombras dibujaban mapas invisibles en las paredes y guiaban a los curiosos hacia puertas que nunca existieron, donde se podía beber té de luna y hablar con gatos que recitaban poesía en idiomas que nadie entendía.
En los tejados, los nidos flotaban sobre hilos de viento, y los sueños de los niños caían como lluvia de cristal, reflejando mundos dentro de mundos. Cada esquina de la ciudad era un espejo, pero no mostraba rostros: mostraba historias que nadie recordaba haber vivido, y aun así, todos sentían que les pertenecían.
Porque en la ciudad que susurraba en colores, lo imposible no era un obstáculo: era la forma más honesta de mirar la realidad.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados
Los zapatos tenían memoria y recordaban los pasos de todos los que los habían calzado; por eso, a veces, caminaban solos, buscando aventuras olvidadas. Las sombras dibujaban mapas invisibles en las paredes y guiaban a los curiosos hacia puertas que nunca existieron, donde se podía beber té de luna y hablar con gatos que recitaban poesía en idiomas que nadie entendía.
En los tejados, los nidos flotaban sobre hilos de viento, y los sueños de los niños caían como lluvia de cristal, reflejando mundos dentro de mundos. Cada esquina de la ciudad era un espejo, pero no mostraba rostros: mostraba historias que nadie recordaba haber vivido, y aun así, todos sentían que les pertenecían.
Porque en la ciudad que susurraba en colores, lo imposible no era un obstáculo: era la forma más honesta de mirar la realidad.
Rosa María Reeder
Derechos Reservados