Roberto Scalfaro
Poeta recién llegado
La ciudad está cubierta de humo, una sustancia desmenuzada cubre los tejados de las casas viejas y se disemina sobre las aceras, las calles y le da forma de sombras a los jardines.
Las paredes se han llenado de musgo y el tiempo ha dibujado siluetas en los espejos. Perfiles imprecisos se delinean sobre el cristal pulido, resbalan sobre su superficie gotas de sangre, lágrimas y agua contaminada.
Hombres y mujeres, sucios de impiedad y sevicia, atormentados por el dolor de haber olvidado su identidad y por deambular sin alas sobre los vertederos de basura, con los rostros cubiertos de herrumbre, la ropa convertida en un cultivo de monstruos invisibles.
Las mujeres compran lotería y regatean a los buhoneros los precios de las baratijas y los hombres exhalan un vaho tan acre como la osamenta de los animales prehistóricos.
La ciudad se transforma en oscuridad, es simple materia herida por la contaminación y el olvido. Un vergel vencido por la acidez de los condimentos del miedo, un huerto que se sacrifica a si mismo mientras el meridiano avanza con su guadaña de diamantes.
Hombres y mujeres, sucios de impiedad y sevicia, atormentados por el dolor de haber olvidado su identidad y por deambular sin alas sobre los vertederos de basura, con los rostros cubiertos de herrumbre, la ropa convertida en un cultivo de monstruos invisibles.
Alguien en una esquina resuelve ecuaciones domésticas para adivinar la suerte. La suerte es un animal drogado, sin instintos, sin lunas.
Las mujeres compran lotería y regatean a los buhoneros los precios de las baratijas y los hombres exhalan un vaho tan acre como la osamenta de los animales prehistóricos.
La ciudad languidece bajo los esplendores de un cielo indiferente. El azul es duro y eterno como el pedernal y fluye de un agujero de tinieblas como un caudal imantado en arenales.
En el ventanal abierto se asoman los pájaros quemados por el incienso del destierro, parecen ángeles, chispas de galaxias convertidas en escombros, de quásares pintarrajeados por el furor del vacío.
Las nubes viajan, saludan a las palmeras petrificadas. Un ángel de sal vibra sobre la línea del zurcido de una camisa rasgada por los garfios de la tierra abierta y surcada por hormigas de azufre. Saltan los acantilados los ecos de los minerales, vestidos de luna con la cabellera disuelta en un vaho luminoso.
tapaderas de botellas de cerveza forman ciudades, los zapatos rotos inauguran autopistas, camisetas con propaganda política danzan en los alambres, ovillos de cabello humano ruedan sobre las falanges desencarnadas de los cadáveres, botones de camisas animan la disolución de los pálidos nimbos de la luna.
Hay bichos susurrantes en las oquedades donde duermen las mujeres jóvenes. El licor de las olas es vencido por el frío y la angustia de las caracolas y la tristeza de las hostias.
Atisba la ciudad contaminada, puede ver el recipiente de basura volteado sobre el asfalto o el cemento, la botella de vidrio, rota al pie de un macetero, alcanza también a percibir las latas de refresco convertidas en flores de aluminio, los residuos de un almuerzo son abonados por la ira de los moscardones, pedazos de palo como astas las cenizas dicen palabras aduladoras al fuego,
tapaderas de botellas de cerveza forman ciudades, los zapatos rotos inauguran autopistas, camisetas con propaganda política danzan en los alambres, ovillos de cabello humano ruedan sobre las falanges desencarnadas de los cadáveres, botones de camisas animan la disolución de los pálidos nimbos de la luna.
clavos, lápices partidos, hojas de cuadernos, panes enmohecidos, programas de carreras de caballos, regurgitaciones, ramas secas, arena, piedras, chanclos, monitores, antenas, insignias, sombreros, pistolas, corras, lámparas conforman las coordenadas de un universo sin dimensiones.
No deben pisarse las líneas de alquitrán, no deben rozarse los hilos de la ausencia que rodean los callejones donde duermen los orates masacrados por las chinches y mojados por la orina de la insolvencia.
Las calles torcidas huelen a vino, a mariscos, a plátano frito, a manteca caliente. El viento es una odalisca, la fiebre de la tierra convoca los endriagos de la psicosis.
No deben pisarse las líneas de alquitrán, no deben rozarse los hilos de la ausencia que rodean los callejones donde duermen los orates masacrados por las chinches y mojados por la orina de la insolvencia.
Alguien entra a un callejón con un cigarrillo de marihuana o un pase de cocaína y se intoxica debajo de unas escaleras entre la expectación de los gatos y el enojo de los microbios. Recita versos en idiomas todavía no inventados, a sus ojos se asoma Drácula, en sus manos esconde un guijarro y un clavel. El mundo se torna de plástico, las luces son incendios, los colores son formas.
Una fuente solloza en medio de un puñado de almacenes. Sobre ella se derrama toda la ira de la tarde con su calígine, con su cabellera de tungsteno mecida por una brisa de azufre.
Los perros husmean en los tinacos y los menesterosos les muerden las ancas. Sobre el piso se ha desmayado una idea, triturada por el peso de los transeúntes que ignoran su procedencia, es de viento o de arena, deja los cuadriculados promontorios de la esterilidad y se sumerge en las playas del fango.
La ciudad se esparce hacia el horizonte pero es detenida por el mar y por una muralla extranjera. No pueden sortearse estos obstáculos hay semáforos y señales que lo advierten. Cuando la noche llega, alguien camina dando tumbos y orina contra un pedestal donde hace poco una bandera ondeaba y un héroe miraba el mar arremolinarse en los costados de una ciudadela de coral y espumas.